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El pequeño roedor

Quién lo diría.

Qué acostumbrados estamos a ver a los grandes, a los que ocupan el centro del escenario, a los que hablan todos los días con una narrativa estridente y repetitiva. En la presencia mediática, gritona y también inútil.

Pero el poder real no siempre hace ruido.

Se mueve en los límites. Observa. Calcula. Espera. Y opera.

Mientras el discurso del régimen se sostiene en la idea del control, de la cohesión, de un proyecto sin fisuras, hay quienes calladitos sobreviven. No construyen nada. No disputan la historia. Su lealtad no es a los ideales, sino al pulso del poder. No se entregan a la causa, porque solo se arriman a quien la administra.

El Partido del Trabajo ha vivido ahí durante años. En la periferia útil de quien suma sin estorbar. Un partido satélite. Del “pueblo”. Como un roedor pequeñito que va mordiendo de a poquito. De izquierda, hasta que hay que cobrar con la derecha. Ayer con unos, hoy con ellos mismos. Ya no como una oposición que sigue viviendo en la estridencia y en el acuerdo en lo oscurito.

Ya no son esos arrimados. Ahora son medio poder. Rescatados de la alcantarilla de la pérdida del registro. El entenado que se empoderó.

Es cuando la política deja de ser relato. Ya no importa lo que se repite hasta el cansancio, sino hacer lo impensable. Salirse del carril. Ahí se revela la verdadera jerarquía de un sistema que todos los bandos ayudaron a construir.

El pequeño roedor no disputa la narrativa porque ha creado la suya propia. Su territorio es otro. Más silencioso, más efectivo. No busca quedarse con todo, aunque sí quisiera. Le basta con demostrar que puede alterar el tablero.

Porque nadie pensó que podía.

Durante años su función fue sobrevivir. Acompañar. Ajustarse. Ser útil. Pero la supervivencia también deja olfato. Y cuando encuentra una rendija, saldrá del hoyo sin miedo.

La ideología siempre se queda atrás cuando entra el interés. Dale poder a quien nunca lo tuvo y lo usará sin miedo. Y en esa prueba, inevitablemente, se dirigirá hacia quien lo encumbró para morderle la mano.

El error fue creer que los actores pequeños son irrelevantes. Que su tamaño define su alcance. Que sirven para lo que sirven. Que solo obedecen.

Y el libre albedrío del entenado siempre incomoda. La confianza apesta.

Lo que hoy revela la acción del pequeño roedor no es el escándalo ni la fractura tan visible. Es algo más que imaginábamos, pero ahora es más evidente. Que el poder no está completamente donde creíamos. Y que apenas se sostiene. Que la oposición no tiene cómo salvar al país sin unirse con los que ayudaron al desastre.

Bastó un movimiento para probarlo.

Pero como siempre, esto es temporal. Y volverá el ruido. Las explicaciones, los acomodos, la necesidad de que todo encaje en la narrativa. Como si nada hubiera cambiado. La memoria nacional es demasiado corta.

Pero sabemos que algo se movió.

Porque ya el poder no es el del más grande o del que grite más.

Es del que sin aviso, muerde a tiempo…

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