Morelia, Mich.- No recuerdo haber visto tantas reacciones sobre un discurso internacional como las que provocó, la semana pasada, el pronunciado por Mark Carney, primer ministro de Canadá, en Davos. Fueron tantas que concluí que no podía no verlo.
Y ahí donde la prensa global oyó una advertencia internacional, yo escuché una descripción de la situación mexicana y un lineamiento ético para enfrentarla.
Tres pasajes me parecen especialmente relevantes:
Primero. Carney observó que el orden basado en reglas se desvanece y describió la reacción típica de los países que no son potencia:
“Parece que cada día se nos recuerda que vivimos en una era (…) en la que el orden basado en reglas se está desvaneciendo (…) y (…) existe una fuerte tendencia (…) a adaptarse, a acomodarse, a evitar problemas, a confiar en que la docilidad comprará seguridad…”.
La escena es inquietantemente familiar: poderes medios —universidades, cámaras empresariales, organizaciones sociales— que, con tal de no ser etiquetados como enemigos de la 4T, han concluido que lo prudente es adaptarse a una realidad en la que el poder supremo dimana de Palenque y se ejerce a través de sus filiales ejecutiva, legislativa y judicial.
Carney remató: “Pues bien: no lo hará”. Tampoco en México la docilidad comprará seguridad.
Segundo. Cuando el premier canadiense dijo:
“Permítanme ser directo: estamos en medio de una ruptura, no de una transición”.
La frase aplica palabra por palabra a nuestro país. Desde la llegada de la autodenominada cuarta transformación —y, en particular, desde la maquinación que les permitió forjar una mayoría constitucional artificial— asistimos al aniquilamiento de un proceso de construcción colectiva y paulatina —a veces insuficiente, sí— de un régimen democrático y republicano. Y, como también dijo Carney, “el viejo orden no va a volver. No deberíamos lamentarlo”.
Tercero. El llamado a la acción (y el por qué no hay que lamentarlo), que bien podría dirigirse a la sociedad civil y a la oposición mexicanas:
“La nostalgia no es una estrategia, pero creemos que a partir de la fractura podemos construir algo más grande, mejor, más fuerte y más justo”.
Esta creencia no es producto de una ilusión. Carney retoma a Václav Havel para explicar que los sistemas autoritarios se sostienen cuando los ciudadanos realizan rituales de conformidad que generan en los demás la percepción de que están de acuerdo con lo que ocurre.
Para romper esa percepción, hay que “quitar el letrero” —dejar de fingir—: no convalidar simulaciones (mañaneras; jueces de tómbola y acordeón; renuncia y relevo del fiscal general) ni participar en rituales que disfrazan la arbitrariedad.
El colofón parece escrito para quienes aspiramos a un México que funcione mejor:
“Los poderosos tienen su poder. Pero nosotros también tenemos algo: la capacidad de dejar de fingir, de nombrar la realidad, de construir nuestra fuerza (…) y de actuar juntos”.
Sabemos que la presidenta vio el discurso; lo dijo al día siguiente. ¿Verá que su gobierno le hace a México lo que Carney denunció que las potencias le hacen al mundo?
