Diego I. Rosales
La inteligencia sólo es tal cuando tiene mundo, cuando se deja golpear por la realidad, por lo que es algo distinto de ella misma. Pensar, al menos de manera adecuada, no consiste en la capacidad de encontrar una explicación para todo, sino en quizá precisamente lo contrario: en saber cuándo dejar de buscar una razón para lo que no la tiene.
Una pequeña novelita que podría ilustrar mi punto es la del un tanto cursi, y a pesar de ello certero en su narrativa, austriaco Stefan Zweig. Su literatura siempre me ha parecido un tanto almibarada y cargada de motivos afectados; romántica, por así decirlo. Sin embargo, pese a esa tara, logra algunas veces salir de lo anecdótico para exhibir la carne de la carne. Así, por ejemplo, en La impaciencia del corazón —una novela de contextura fácil pero aguda en su diagnóstico sobre la mediocridad del sujeto moderno— atina en mostrar que el amor es mucho más que sentimientos, adulaciones, disimulaciones y compasiones.
La novela a la que me refiero sobre lo que significa pensar es, sin embargo, una mucho más cortita, una nouvelle que lleva por título Novela de ajedrez. En ella, Mirko Czentovicz, innato genio del ajedrez, es presentado con el “señor B.”, un sujeto que se esconde del nacionalsocialismo. El relato es corto —se desarrolla sobre un barco, durante un viaje de Nueva York a Buenos Aires—, y en esa brevedad aparece el ajedrez como símbolo del estilo de pensamiento que prevé y calcula todas las posibilidades de lo real. Igual que el ajedrez, un sistema o una ideología es racionalmente perfecta en sí misma, dentro de sí misma y para sí misma: contiene en sí todas las posibilidades que se puedan predecir y quiere ofrecer una explicación a todo.
La verdad, no obstante, parece que tiene poco de sistema. Zweig lo intuye: Czentovicz es completamente disfuncional —no hace nada bien más que jugar al ajedrez—; mientras que el señor B. juega consigo mismo y en su soledad prepara sus partidas como un campeón. Cada uno, en su ensimismamiento, funciona: sus reglas, sus jugadas, sus sistemas. Cuando comparece el otro, sin embargo, en su alteridad, irrepetibilidad y originalidad, todo lo sólido se desvanece en el aire. La previsión se torna estupidez.
Pensar es recibir la alteridad, crecer con ella, medirse con ella. Inteligir es hacerse uno con lo entendido. Por ello decía Aristóteles que el alma es, de alguna manera, todas las cosas, pero sólo es cada una de ellas cuando con ellas se confronta.
Podemos aquí seguir las indicaciones de Guillermo Hurtado, quien, en su Biografía de la verdad (2024), sigue un camino genealógico para superar las clásicas definiciones de la verdad como relación o correspondencia, y así defender su necesidad pero también su dificultad, no como un objeto que se posee ni como la relación estable entre el intelecto y la realidad, sino como el ámbito y la trama social, epistémica, que permite al ser humano construir una cultura.
La verdad, por supuesto, no es una cosa que se pueda lanzar al adversario como un proyectil. En un mundo en el que tanto izquierdas como derechas claman para sí mismas ‘el lado correcto de la historia’, se vuelve imperativo comprender que la verdad no es un objeto que se posee sino un camino existencial. ¿Hacia qué rumbo? Nadie lo sabe del todo, pero es un camino que, in crescendo, tiende paradójicamente a mostrar la ignorancia de quien lo recorre.
La verdad es una forma de vida que supone la honestidad intelectual, la crítica, el alejamiento de la mentira, el repudio al engaño y, sobre todo, y más que nada, la rara alegría de ser refutado. En efecto, cuando el diálogo está estructurado para convencer, se está tan sólo ante una forma derivada de él: la disputa intelectual. Ésta puede ser sana y podría rendir frutos bajo ciertas condiciones, pero el diálogo ordinario no funciona con esos reglamentos y con facilidad se torna en la batalla agonal por el triunfo de la opinión personal. La verdad como forma de vida acontece, sin embargo, y principalmente, ahí en donde se parte del reconocimiento de los límites y de la ignorancia, y ahí en donde se persigue la amistad antes que la victoria.
En un momento de su libro, Hurtado explica que el camino de la verdad puede tener dos rutas distintas. La primera es la que va de la ignorancia, o el error, hacia la verdad. Se trata del esfuerzo del individuo por conocer, por nutrirse de la realidad, por crecer desde una situación precaria hacia una situación de riqueza. Es el camino que conduce de la no verdad a la verdad. La segunda ruta es la que va de la mentira y de otras formas del engaño hacia la verdad. Ésta merece especial atención, pues ilustra que la verdad no es sólo un asunto epistémico, sino principalmente ético. Vivir en la verdad, es decir, vivir buscando la verdad, es una forma de la existencia humana que vislumbra en ese recorrido una forma del bien.
En ambos casos, sin embargo, la verdad comparece como una urgencia asintótica que jamás se alcanza pero cuyo imperativo es irrecusable. El desfondamiento civilizatorio que vivimos demanda la disciplina de esta forma de vida, que aparece cada día más como una antigualla o como una ridiculez; hay que decirlo: la vida en la verdad es hoy más bien una payasada que la moneda corriente o el criterio del éxito. La era del show, fundada en la apariencia, en los sistemas artificiales y en la pobre humanidad despojada de su carne, vuelve a la verdad un mero asunto de ventrílocuos que, haciendo hablar a un avatar de sí mismos, se refugian en la web y en el teléfono móvil para evitar que la realidad encarnada del prójimo los sorprenda, los refute, los sitúe en la humildad pobre que constituye esencialmente lo humano.
El mundo prefiere la verdad como cosa, como objeto de poder y como símbolo de fuerza que como aventura existencial. La inteligencia sólo se libera de sus propias taras, de su tendencia a la ideología, de su libido por la construcción de sistemas perfectos, cuando se deja guiar por el otro que irrumpe, incomoda y exige, en su santidad vulnerable, que viva una vida buen y que se abra a la sorpresa.
*Diego I. Rosales. Profesor de filosofía.
@diegoirosales
Recomendar Nota
