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Entre Confucio y Lao Tsé, gobernar sin elecciones

En un momento en que las democracias liberales atraviesan una crisis profunda de confianza, el modelo político chino ha dejado de ser un asunto lejano para convertirse en un referente incómodo del debate global. Su énfasis en la eficiencia del gobierno, la estabilidad política y la capacidad del Estado resulta atractivo para muchos ciudadanos y dirigentes que perciben a la democracia representativa como lenta, polarizada e incapaz de ofrecer soluciones concretas.

La lógica que subyace a este modelo es relativamente simple. Para sus defensores, lo relevante no es tanto cómo se gobierna, sino los resultados que se obtienen. El crecimiento económico, el orden social y la planificación a largo plazo pasan así a ocupar el centro de la legitimidad política. Esta forma de pensar empieza a resonar también en democracias consolidadas, donde se observa una mayor concentración del poder en los ejecutivos, una creciente dependencia de expertos y una reducción del peso de los controles institucionales. Como ha advertido Francis Fukuyama al analizar el caso chino, un Estado fuerte sin mecanismos efectivos de control ciudadano puede terminar derivando en formas de autoritarismo justificadas por su aparente eficacia.

Este atractivo no se limita a los gobiernos. También ha sido adoptado, con lecturas distintas, por movimientos políticos extremos. En sectores de la derecha radical, China aparece como ejemplo de orden, soberanía nacional y control social frente al pluralismo liberal, al que consideran una fuente de decadencia y fragmentación. En el extremo opuesto, corrientes de izquierda antiliberal ven en el caso chino la demostración de que es posible desafiar al capitalismo occidental mediante un Estado fuerte y planificador. Aunque ideológicamente opuestos, ambos coinciden en su rechazo al liberalismo político y a sus reglas del juego.

El modelo chino cumple, además, una función menos visible, ya que actúa como referencia negativa para otros movimientos. Para el libertarismo, la admiración que despierta China confirma los riesgos de un Estado sin límites, capaz de planificar, vigilar y subordinar al individuo en nombre del interés colectivo. Para la democracia radical, el caso chino muestra que la eficiencia sin participación conduce a la dominación, lo que refuerza la demanda de más deliberación pública, mayor control ciudadano y menos tecnocracia.

Estas tensiones se manifiestan en el debate global, y América Latina no es la excepción. Se trata de una región marcada por Estados débiles, desigualdad persistente y democracias frágiles, donde el ejemplo chino resulta seductor para quienes prometen orden, desarrollo y seguridad sin los costos del pluralismo político. Aunque rara vez se diga en público, esta comparación se discute cada vez más en los despachos del poder o en los War Room. Al mismo tiempo, este contexto alimenta reacciones libertarias y movimientos que reclaman una democracia más directa frente a la concentración del poder. La creciente presencia económica y tecnológica de China refuerza, además, la idea de que es posible crecer sin exigencias democráticas explícitas.

Todo esto ocurre en un escenario de reconfiguración del poder mundial. El ascenso de China y de otros modelos no liberales coincide con el desgaste relativo de las democracias occidentales, que ya no logran presentarse como ejemplo indiscutible. El desafío global ya no consiste sólo en elegir entre democracia y autoritarismo. La cuestión de fondo es qué tipo de democracia puede sobrevivir en un mundo multipolar. Entre la eficiencia sin derechos, la libertad sin Estado y la reconstrucción democrática, el debate está abierto, y su desenlace marcará el rumbo político de las próximas décadas.