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Escuchar

Para GS, que escucha

En un ensayo breve, hermoso y provocador, publicado a principios de este siglo (A la escucha, 2002), el ya fallecido Jean-Luc Nancy se pregunta si la filosofía es capaz de escuchar y si a esa práctica no se ha superpuesto algo del orden del “entendimiento”.

Se trata de un juego de palabras, pues en la lengua francesa la palabra entente (entendimiento) tiene la misma raíz que entendre: oír, escuchar.

En efecto, para quien habla y piensa en francés, entender sería sinónimo de escuchar. Y sin embargo, Nancy se cuestiona si no existe algo así como una censura de lo sonoro en la filosofía, pues en ella al parecer se privilegia lo visual, cuya esencia conceptual queda fija definitivamente en el llamado isomorfismo. “Lo sonoro, al contrario, arrebata la forma. No la disuelve: más bien la ensancha, le da una amplitud, un espesor y una vibración o una ondulación a la que el dibujo nunca hace otra cosa que aproximarse. Lo visual persiste aun en su desvanecimiento, lo sonoro aparece y se desvanece aun en su permanencia”.

Líneas más adelante, Nancy se pregunta (¿o acaso imagina?) “¿qué es un ser entregado a la escucha, formado por ella o en ella, que escucha con todo su ser?” Quien lea despacio esta pregunta notará que se formula con palabras cuya en relación avanza en orden inverso: un ser entregado a la escucha que ejerce un escuchar con todo su ser.

Así pues, quien escucha es un auténtico espía que reside en un cierto lugar desconocido, desde el cual, más que observar, oye en secreto y se esfuerza por captar “la sonoridad y no tanto el mensaje”. Se escucha el ruido, o un instrumento, o una voz, que quizá es esa misma “voz del amigo” que imaginó Heidegger en una página inolvidable de Ser y tiempo (1927).

Se ha dicho muchas veces que vivimos en una época en la que cada vez es más difícil escucharnos. El ruido que generan las llamadas redes sociales —dominadas por algoritmos cuya función principal es recompensar de manera inmediata nuestros propios puntos de vista, y no enfrentarnos a la radical opinión de otro— ahogan la conversación pública y facilitan y hasta alientan la polarización (especie de efecto secundario). Hoy parece cada día más imposible entendernos: se fracturan sociedades, amistades, familias y parejas debido a nuestra creciente incapacidad para escuchar/escucharnos.

Propongo, por lo tanto, para este espacio en La Aurora, un ser como lo imaginó Nancy, “entregado a la escucha”, que sea todo ella/él un oído abierto, no solo en lo social y lo político sino muy especialmente en lo musical, ese arte cuya esencia reside en el oír.

¿Cómo se refleja nuestro ser en lo que escuchamos día a día? ¿Cómo es que la cultura actual o la música y otros artes sonoros reflejan nuestra capacidad/incapacidad para escuchar? ¿Cuál es el verdadero valor de la escucha, en un mundo que se encamina a ser dominado por la llamada “inteligencia artificial”? Y ¿por qué el escuchar nos devuelve a nuestra esencia humana, suspende el consumo inmediato, confunde al algoritmo y nos exige pausas y silencios?

Agradezco aquí, muy especialmente, a Pablo Hiriart este espacio que me ofrece en La Aurora. Y agradezco a la lectora/el lector que atienda estas palabras.