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Europa da el primer paso para el fin de la infancia conectada

Siete países de la Unión Europea ya se sumaron a las restricciones de acceso a redes sociales para los menores de 13 años; el principal argumento está en los riesgos que representa el internet

Una investigación del diario británico The Guardian revela un fenómeno que hasta hace poco parecía impensable: un creciente número de gobiernos ha comenzado a restringir o prohibir el acceso de los menores de edad a las redes sociales. Lo que inició con la polémica decisión de Australia de impedir el acceso a estas plataformas a menores de 16 años se ha transformado en una tendencia internacional que avanza con rapidez y que tiene en Europa uno de sus principales laboratorios regulatorios.

La dimensión del cambio es significativa. Francia ha planteado limitar el acceso para menores de 15 años; Austria propone restricciones hasta los 14; Noruega busca elevar la edad mínima de 13 a 16 años; Dinamarca, Polonia e Inglaterra han complementado estas medidas con prohibiciones al uso de teléfonos inteligentes en las escuelas. Reino Unido, por su parte, anunció que su propia prohibición entrará en vigor a principios de 2027.

No se trata de una simple coincidencia política ni de un episodio de pánico moral. Detrás de estas decisiones existe una creciente acumulación de evidencia sobre los efectos que las plataformas digitales tienen en la salud mental de niños y adolescentes.

Demandas judiciales promovidas por familias, distritos escolares y autoridades gubernamentales han acusado a las empresas tecnológicas de diseñar deliberadamente mecanismos de adicción que prolongan el tiempo de permanencia en las plataformas y exponen a los menores a contenidos nocivos, depredadores sexuales y dinámicas de dependencia emocional.

La discusión ha alcanzado un punto de inflexión semejante al que en décadas pasadas enfrentó la industria tabacalera. La comparación no es gratuita. Durante años, las grandes empresas tecnológicas defendieron la idea de que sus productos eran meras herramientas neutrales y que el uso responsable dependía exclusivamente de los usuarios.

Hoy, numerosos reguladores sostienen exactamente lo contrario: los algoritmos están diseñados para capturar la atención, generar hábitos compulsivos y explotar vulnerabilidades psicológicas, particularmente entre menores de edad.

Europa parece haber entendido algo que durante años fue minimizado, y es que la infancia se ha convertido en el segmento más rentable de la economía de la atención. Cada minuto que un adolescente permanece conectado se traduce en datos, publicidad y ganancias. Bajo esa lógica de mercado, el tiempo libre, la capacidad de concentración y hasta la construcción de la identidad se convierten en mercancías.

Las restricciones que comienzan a imponerse transformarán profundamente la relación de los menores con el entorno digital. La primera consecuencia será una reducción del acceso autónomo a las plataformas. La creación de cuentas requerirá cada vez más mecanismos de verificación de edad, autorizaciones parentales y controles de identidad. El ingreso libre e irrestricto de menores a las redes sociales, tal como se conoció en las últimas dos décadas, parece acercarse a su fin.

La segunda transformación será cultural

Durante años, las redes sociales se constituyeron en el principal espacio de socialización juvenil. Allí se establecían amistades, se definían tendencias, se construían reputaciones y se ejercía pertenencia generacional. Las nuevas restricciones obligarán a replantear la manera en que niños y adolescentes se relacionan entre sí y con la tecnología. Probablemente emerjan espacios digitales más regulados, plataformas diseñadas específicamente para menores y un mayor protagonismo de las escuelas y las familias en la educación digital.

Existe, sin embargo, un enorme dilema. Las prohibiciones no garantizan resultados automáticos. La propia experiencia australiana demuestra que cerca de dos terceras partes de los jóvenes que tenían cuentas antes de la prohibición lograron mantener algún tipo de acceso a las plataformas. La realidad tecnológica suele ir un paso delante de la regulación.

Los adolescentes aprenden rápidamente a utilizar redes privadas, cuentas compartidas o mecanismos para eludir las restricciones.

Por ello, diversas organizaciones defensoras de los derechos digitales, entre ellas Amnistía Internacional, han advertido que las prohibiciones por sí solas pueden convertirse en soluciones simplistas. El riesgo, señalan, es que los menores continúen expuestos a los mismos contenidos y peligros, pero ahora de manera clandestina y con menor capacidad de supervisión. La educación digital, la protección de datos y la transformación de los modelos de diseño de las plataformas podrían resultar medidas igualmente necesarias.

El verdadero debate de fondo trasciende la pregunta sobre si un adolescente debe o no tener una cuenta de TikTok o Instagram. Lo que está en discusión es el tipo de relación que las sociedades contemporáneas desean construir entre la infancia y la tecnología. Por primera vez, los gobiernos reconocen que quizá se permitió durante demasiado tiempo que millones de niños crecieran dentro de un ecosistema digital diseñado principalmente para maximizar ganancias y no para proteger su desarrollo.

La generación que nació con un teléfono inteligente en las manos podría convertirse también en la primera generación que crezca bajo estrictas barreras digitales. Europa está apostando por ese camino.

El resto del mundo observa con atención. Y las grandes tecnológicas enfrentan, probablemente, el momento más decisivo de su historia: demostrar que las redes sociales pueden ser compatibles con la protección de la infancia o aceptar que la era de la autorregulación ha llegado a su fin.

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