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Fallece Jürgen Habermas, pensador de la comunicación y la democracia

El filósofo alemán, heredero crítico de la Escuela de Fráncfort, muere dejando un legado imprescindible para la democracia moderna

El pensamiento europeo acaba de perder a una de sus brújulas morales y académicas más influyentes. Jürgen Habermas, el filósofo que dedicó su vida a reivindicar la ética del discurso y el espíritu de la modernidad y la democracia, falleció este martes en su residencia de Starnberg, en Baviera, a la edad de 96 años. La noticia fue comunicada por su editorial de cabecera, Suhrkamp Verlag, cerrando así un capítulo fundamental en la historia de la filosofía y la sociología contemporáneas.

El canciller Friedrich Merz, en un comunicado, sintetizó lo que dentro y fuera de Alemania ha hecho sentir la noticia de su muerte: "Jürgen Habermas ha acompañado con longitud de miras y grandeza histórica los acontecimientos políticos y sociales (...), Su agudeza analítica marcó el discurso democrático mucho más allá de las fronteras de nuestro país y actuó como un faro en un mar embravecido. Sus trabajos sociológicos y filosófocos influyeron en generaciones de investigadores y pensadores. La fuerza intelectual y la liberalidad de Habermas eran insustituibles para la comunidad, y su palabra a la vez una referencia y un desafío".

Un patriotismo sin banderas

Habermas no fue un teórico ajeno a la realidad política; por el contrario, fue un intelectual de combate que no rehuyó la polémica. En la década de los ochenta, en pleno debate de los historiadores alemanes, lanzó una idea revolucionaria para una nación marcada por las cicatrices del siglo XX: el "patriotismo constitucional".

Tomando el concepto del politólogo Dolf Sternberger, Habermas propuso que el orgullo de los alemanes no debía residir en la etnia, el pueblo o la nación —conceptos contaminados por el pasado nazi—, sino en la adhesión racional a unas instituciones democráticas y sociales sólidas. Este "patriotismo posnacional" se convirtió en el modelo aspiracional para toda democracia en desarrollo.

Tal fue su peso en la vida pública que, cuando recibió el Premio de la Paz de los Libreros Alemanes, el entonces ministro de Exteriores, Joschka Fischer, llegó a calificarlo como "casi el filósofo de Estado" de la Alemania democrática. Su discurso, como señaló el presidente Johanes Rau, lograba ser válido y respetado tanto por creyentes como por laicos.

Heredero crítico de la Escuela de Fráncfort

Nacido en Düsseldorf en 1929, Habermas creció bajo la sombra del nacionalsocialismo, una experiencia que cimentó su fe inquebrantable en la democracia. En los años 50 fue ayudante de Theodor Adorno en Fráncfort y seguidor de Gadamer, compartiendo formación con figuras como Gianni Vattimo y Emilio Lledó. Aunque se le considera el último gran heredero de la Teoría Crítica de la Escuela de Fráncfort, Habermas no tardó en marcar su propio camino.

Criticó con dureza el marxismo ortodoxo, argumentando que su fracaso se debió a la absolutización de la economía y al desprecio por las superestructuras culturales. De la misma forma, fustigó la filosofía posmoderna, a la que acusó de ser "neoconservadora" por renunciar a la capacidad de la razón para transformar la realidad. En obras como Ciencia y técnica como ideología (1968) o Historia y crítica de la opinión pública (1962), ya advertía sobre los riesgos de la tecnificación del hombre y la necesidad de un entendimiento profundo entre la sociedad avanzada y la democracia.

La Teoría de la Acción Comunicativa: el núcleo de su obra

El corazón de su pensamiento cristalizó en 1981 con la publicación de su obra monumental: Teoría de la acción comunicativa. En ella, Habermas desarrolló la idea de la "racionalidad comunicativa", defendiendo que el lenguaje no es solo una herramienta para describir objetos o ejercer poder, sino un puente para alcanzar acuerdos racionales.

En esta obra introdujo la célebre distinción entre el "sistema" (dominado por el dinero y el poder burocrático) y el "mundo de la vida" (el espacio cotidiano de significado y relación). Su gran advertencia para el siglo XXI fue que la lógica fría del sistema estaba colonizando el mundo de la vida, asfixiando la comunicación democrática y la esencia misma del ser humano.

Consideraba que la conversación entre los seres humanos, y con mayor razón la que se produce en el espacio público, tenía que atender una racionalidad que estuviera por encima de la idea de manipular o vencer al interlocutor. De esta racionalidad surge, pensaba, la legitimidad democrática.

Fe, razón y esfera pública

En sus últimos años, el filósofo sorprendió al abogar por una reconciliación con el espíritu religioso. Sostenía que la sociedad moderna no podía "amputarse" ni privarse de los recursos de sentido que las religiones han aportado históricamente. Para Habermas, proteger el lenguaje religioso era esencial para que las futuras generaciones pudieran comprender fenómenos complejos como el choque entre culturas.

Influenciado por Heidegger, Hegel, Marx y Weber, pero siempre con la mirada puesta en el pragmatismo estadounidense, Habermas enseñó durante décadas en la Universidad de Frankfurt y fue profesor invitado en los centros más prestigiosos del mundo. Hasta sus últimos días, se mantuvo activo denunciando el deterioro del espacio público, la polarización y el avance de la desinformación en la era global. Con su muerte, se apaga una voz que creyó, por encima de todo, en el poder de la palabra para construir un mundo más justo.