1977-2027. Lo que estará en juego a partir del lunes en el Congreso es la insistente tentativa del régimen de asestar la primera clausura al régimen político electoral del país, en 50 años de aperturas y avances democráticos. El golpe -ya se ha advertido- sería el tiro de gracia tras siete años de las instituciones del Estado democrático de derecho.
Los pasos adelante. Abierta la coyuntura de la reforma democrática de 1977, entre gozosas expresiones coloquiales, observaba su artífice, don Jesús Reyes Heroles, en una tertulia memorable con columnistas y articulistas de la época, cómo las oposiciones (y algunos de los presentes) demandaban más y más pasos a la democracia, por encima de los ya acordados con las fuerzas políticas que, ante el azolvamiento de los canales político-electorales, habían desertado de las urnas en 1976. Algunos grupos habían elegido la vía armada para luchar por el poder. Los pasos demandados entonces se sucedieron a través del tiempo hasta llegar a la competencia electoral plena, la alternancia de partidos en la Presidencia (en las elecciones de 2000 a 2018) y la inclusión de todas las opciones en los carriles electorales.
Asfixia. A la inversa, esta vez las jerarquías del régimen parecen observar, heladas, a las oposiciones, al pensamiento crítico -e incluso a los partidos hasta hoy satélites del régimen- exigir simplemente menos y menos cerrazón, menos recortes y menos restricciones a los espacios de libertad y de pluralidad ganados en estos 50 años. A la vista de los, quizás, escabrosos procesos de 2027 (violencia, protestas, divisiones internas, Trump) sin apertura para negociar, asistimos a este cuarto intento de sacar adelante el primer proyecto de obstrucción de los cauces democráticos en medio siglo. Nuevas pruebas para la gobernabilidad y para la resistencia de la sociedad a la asfixia. Pequeño detalle.
