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HISTORIA: De fundaciones, mudanzas y corsarios

Elienahí Nieves Pimentel

Fundar una ciudad es establecer un diálogo con la historia de la humanidad, pues la intención es que crezca, florezca, permanezca. La elección del emplazamiento es crucial. En la Monarquía Hispánica, el sitio en el que se levantaban las ciudades debía combinar condiciones de salubridad —clima moderado, buena ventilación, protegidas de vientos perjudiciales, sin humedad excesiva—, agua suficiente y saludable, así como terreno fértil, con recursos necesarios para el abastecimiento, vías de comunicación, facilidad defensiva y posibilidades de expansión. Estos criterios, presentes desde las primeras décadas de la conquista, fueron sistematizados en 1573 , en las Ordenanzas de descubrimiento, nueva población y pacificación de Felipe II y posteriormente incorporados a la Recopilación de Leyes de Indias de 1680.

Si se trataba de una ciudad portuaria se buscaban requisitos específicos, como un fondeadero protegido contra los vientos y temporales, así como la posibilidad de vigilar la entrada al puerto, profundidad suficiente para los barcos y espacio para construir muelles, almacenes y fortificaciones. En estos casos se presentaban frecuentes contradicciones: el mejor puerto podía encontrarse en un lugar húmedo, caluroso, insalubre o difícil de defender. En ciudades como Panamá o Veracruz, la función de enlace comercial llegó a imponerse sobre la comodidad y la salubridad del emplazamiento. En ambos casos, la búsqueda de un sitio idóneo para estos enclaves fundamentales del comercio imperial implicó hasta tres traslados.

En “Traslado y reconstrucción de la nueva ciudad de Panamá (1673)”, Carmen Mena García estudia el episodio de la mudanza y reconstrucción de Panamá la Vieja. El 15 de agosto de 1519, el segoviano Pedrarias Dávila fundó la capital de Mar del Sur junto a unos árboles que los indígenas llamaban Panamá. En sus comienzos, la población no era más que un modesto enclave, estrecho y alargado, asomado al Pacífico. En torno a 1600, la ciudad adoptó el modelo regular, con cuatro calles principales, paralelas al mar, que corrían de este a oeste, y otras siete que la atravesaban de norte a sur, además de varios callejones, en las que se albergaban más de 500 casas. 

Con el descubrimiento de Perú y su magnífica producción argentífera, el modesto puerto de Panamá se convirtió en una “llave, frontera o garganta” del comercio americano. Las flotas provenientes de España llegaban por el Atlántico hasta el puerto de Nombre de Dios (después Portobelo), desde donde viajeros y mercancías emprendían una ruta mixta —fluvial y terrestre— hasta Panamá, donde se embarcaban para continuar su camino por el Pacífico. Sin embargo, el emplazamiento no era el más apto para una ciudad con aquella importancia estratégica. El escaso calado del puerto obligaba a que las flotas atracaran Puerto Perico, a unos 11 kms., desde donde la carga se transportaba en embarcaciones menores. Aunque hubo diversos intentos para mudarla, Panamá la Vieja existió 154 años. 

Fue el “diablo inglés” quien forzó su traslado a unos ocho kilómetros al suroeste, a las faldas del cerro Ancón. En 1671, el corsario Henry Morgan desembarcó en la costa atlántica con 35 navíos y 2,000 hombres, saqueó Portobelo y avanzó río Chagres arriba para apoderarse de la capital del istmo y capturar los caudales peruanos resguardados en sus arcas. Cuando Morgan y sus hombres llegaron a Panamá, una manada de toros bravos con antorchas encendidas amarradas a sus astas salió a su encuentro. Los panameños —en su mayoría comerciantes— lucharon durante tres horas contra los ingleses, en la que se conoce como batalla de Matasnillos, antes de rendirse. Para entonces, el gobernador ya había evacuado gran parte del tesoro rumbo a Perú, así como algunas mujeres, niños y monjas. Los ingleses tomaron 600 prisioneros que fueron liberando conforme pagaban un rescate adecuado. Después de la rendición de la ciudad, el gobernador ordenó que fuera incendiada. 

Con la orden de trasladar la ciudad, en 1672, se tuvo oportunidad de elegir un sitio más adecuado para la que debía ser una fortaleza y mercado. Debido a la obsesión por convertirla en un bastión inexpugnable para la piratería, la nueva Panamá se rodeó de murallas, relegando a un segundo plano cuestiones fundamentales como sus dimensiones y capacidad para resolver satisfactoriamente los requerimientos de su futura expansión. A tan sólo dos años del establecimiento de la nueva ciudad, el presidente de su Audiencia informó a la Corona sobre la falta de espacio en el recinto. Por lo menos, la nueva ubicación estaba más cercana al fondeadero de Puerto Perico…

Como suele ocurrir, la normativa era distinta a la realidad. Las Ordenanzas planteaban los requerimientos para una ciudad ideal pero, en la práctica, los fundadores de las poblaciones hispanoamericanas tuvieron otras consideraciones, como urgencias militares, intereses comerciales, centros mineros cercanos, poblaciones indígenas preexistentes (a pesar de que la legislación prohibía perjudicar los derechos y tierras de los indígenas), aún rivalidades entre conquistadores. Así, muchas ciudades acabaron situadas en lugares que contradecían las recomendaciones de la Corona. Por ello, el traslado de ciudades hispanoamericanas fue un fenómeno relativamente común que obedeció a condiciones ambientales y climáticas, razones estratégicas o defensivas, fenómenos naturales como terremotos e inundaciones o incendios que las arrasaron hasta sus cimientos. Incluso algunos asentamientos se mudaron y abandonaron “por voluntad del fundador”, víctima de su mala planeación.

*Elienahí Nieves Pimentel. Licenciada en Historia por la UNAM, maestra y doctora en Historia Moderna y Contemporánea por el Instituto Mora. Estudia las relaciones interétnicas de los grupos que coexistían en la monarquía hispánica. Ha publicado con reconocidas instituciones académicas en México y España.
@eliclio

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