Casi todo lo que ha hecho y lo que pueda o quiera hacer en el futuro Claudia Sheinbaum, en materia de populismo autocrático, ya lo hizo o intentó hacer Viktor Orbán en Hungría. A la señora presidenta le antecede, desde luego, López Obrador, pero también él y hasta Donald Trump no hicieron en ese rubro (aunque Trump cumple un segundo mandato y siempre puede superarse) sino remedar al partido Fidesz del señor Orbán, obiamente con distintos matices.
La animadversión a la transparencia y la autonomía de las instituciones, a todo lo que huela a contrapesos y a la independencia del Poder Judicial, así como toda clase de triquiñuelas para sobrerrepresentar a su partido o capturar el órgano electoral, están en el modelo básico de Orbán.
Hay un ingrediente que por fortuna en México no tenemos: un discurso de odio racial antiinmigrante. Sin embargo, esto tiene sus asegunes, porque si bien López Obrador abrió en un primer momento (de forma más bien irresponsable) las puertas a los migrantes, no tardó en cerrarlas violentamente siguiendo las órdenes de Trump, e incluso –cortesía de la casa– con un sinnúmero de violaciones a los derechos humanos, atropellos, robos, extorsiones y hasta 40 migrantes quemados vivos en una estación de Ciudad Juárez del Instituto Nacional de Migración.
Por cierto, el entonces titular del Instituto de Migración, Francisco Garduño, recientemente fue nombrado director general de los Centros de Formación para el Trabajo de la Secretaría de Educación Pública. De lo que podemos estar seguros es de que en la Hungría de Orbán este señor también habría sido premiado (con menos hipocresía) como un funcionario ejemplar.
Puesto que Orbán llegó al poder años antes que Andrés Manuel López Obrador y Donald Trump, debemos reconocerle el dudoso “mérito” de ser una especie de pionero en materia de autoritarismo “moderno”, si bien en lo que hace al autoritarismo los antecedentes históricos son demasiados. Su cinismo, no obstante, supera en parte a sus seguidores: él mismo definió como una “democracia iliberal” su modelo de gobierno.
Preocupado siempre por su popularidad, que llegó a ser inmensa, Orbán venía ganando todas las elecciones desde 2010 y contaba con mayoría en el parlamento para modificar la Constitución a su antojo. Pero si esto nos resulta familiar, no hay que desconsiderar su poderosa maquinaria propagandística que incluyó desde luego a los medios públicos junto con diversas amenazas y chantejes a los privados.
En esto Orbán llevaba un ventaja: consiguió concretar una idea que acá Morena viene acariciando desde hace tiempo, pero sin poderla materializar: un Consejo de Medios con poder suficiente para sancionar a la prensa “enemiga del pueblo”.
Y para asfixiar financieramente a las ONG, Orbán creó una ley contra la “interferencia extranjera”, con lo cual pudo auditar e investigar los recursos foráneos de estos organismos. Justamente es una idea con la que aquí están muy agradecidos los morenistas, aunque ellos la han “naturalizado” a través del SAT y la UIF, instancias a su servicio con las que pueden aplastar cualquier expresión ciudadana u opositora que les resulte incómoda.
De su desprecio y odio hacia intelectuales y periodistas, así como hacia los medios culturales y universitarios críticos, la receta fue la misma que hemos visto por nuestras latitudes: insultarlos, desprestigiarlos, descalificarlos como “corruptos”, “vendepatrias”, “traidores” y acosarlos de mil formas.
Pues bien, este campeón del populismo autocrático que se imaginaba muchos años más en el poder, acaba de sucumbir a manos del voto ciudadano, el más numeroso desde la caída del comunismo.
Entevistado por el diario español El País, László Krasznahorkai, premio Nobel de literatura, dijo que “los canallas saben perfectamente cómo manipular” y eso es justamente lo que los mantiene; pero también que “las mentiras de los políticos hoy sólo duran un periodo electoral, no toda una vida”. Gran verdad que tendrán que enfrentar, tarde o temprano, muchos otros populismos, incluido por supuesto el de Morena.
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