Repliegue. Dos propósitos se alcanzan a distinguir sobre la edulcoración del insistente discurso presidencial para llevar adelante una reforma política regresiva que ningún grupo social o fuerza política demandó, como sí ocurrió en otras épocas, la más reciente, la expandida efervescencia de la década de 1980 que Calos Pereira identificó como la del “reclamo democrático”. Y, sí, fue la movilización social en esas épocas la que le abrió paso a las trascendentes reformas de las siguientes tres décadas, un ascenso democrático desconocido en nuestro país que terminó con la llegada de López Obrador (2018) y la ruda reversión vivida la década actual. Gracias a la deserción de sus partidos satélite, la derrota parlamentaria de la presidenta echó abajo su iniciativa para realizar cambios constitucionales en materia política. Y ante ello, la presidenta inició un repliegue para llevar su proyecto a través de reformas a leyes secundarias que la secretaria de Gobernación “explicó” este lunes en Palacio.
Pero esa presentación color de rosa no alcanza a iluminar dos propósitos pardos mencionados en la primera línea. Por un lado, prevalece el proyecto de fondo de profundizar en el castigo y eliminar los incentivos -de reformas anteriores- a participación política no encuadrada en su maquinaria de dominio, ahora hasta el último municipio y la última sección electoral del país. Y, por otro, la narrativa oficial, los debates legislativos y la conversación pública al respecto han cumplido el otro propósito con el despliegue de un prolongado espectáculo distractor.
Cuaresma. Sólo desde el inicio el actual periodo de sesiones del Congreso, son 45 días: más de una cuaresma de privaciones de noticia, por ejemplo, sobre las presiones estadounidenses a la presidenta, sus reacciones y eventuales respuestas a un poder imperial que ya deshizo dos países, va sobre otro y no deja de apuntar para acá.
