Con perdón de Gabo. La presidenta mexicana sí tiene quien le redacte un apoyo frente a Trump (y la borre del mapa). El expresidente lo advirtió, saldría de su madriguera, La Chingada, sólo por tres razones: 1. ¿Se atenta contra la democracia?, parece que no es el caso; 2. ¿Defender a Claudia?, tampoco; necesitan defensa Rocha Moya, Durazo, Villarreal y los que se acumulen, y 3. ¿Soberanía?, pues al escribano quizá le parece que lo que diga el General Mérida, secretario de Seguridad morenista en Sinaloa, allá en Nueva York, atenta contra México, y le parece que Claudia no puede con las presiones de Estados Unidos. Esa carta la minimiza, como Plutarco Elías Calles, fundador del PRI, a sus peleles: Portes Gil, Pascual Ortiz Rubio, Abelardo L. Rodríguez. Hasta que Lázaro Cárdenas se armó de valor y exilió del país al jefe del Maximato. ¿Se atreverá Claudia a tener la estatura del general michoacano?
En la novela de García Márquez, un coronel de la verídica Guerra de los Mil Días en Colombia, espera y espera una carta con el anuncio de su pensión por los servicios prestados en la batalla. Cada viernes baja al puerto a esperar la barca del correo. No llega. Su mujer asmática y él viven en la penuria. Venden objetos para sobrevivir, simulan frente a sus vecinos que comen, soportan con una dignidad orgullosa. Igual que la pareja AMLO-Claudia: endeudaron al país, regalan lo que no tienen en tarjetas del Bienestar, no alientan el crecimiento económico y encima protegen a los delincuentes.
El coronel y su esposa tienen un gallo que heredaron de su hijo, que empieza con A, Agustín, no Andy. Ella lo quiere vender, (cualquier parecido con Rocha, Durazo, Villarreal o Andy, es mera coincidencia). El coronel no acepta nunca entregarlo. Jamás. Lo quiere para la pelea venidera. AMLO, como el coronel, no entregará a nadie. Los quiere a todos para la lid electoral de 2027, y ya destapó a su vástago.
Como en la novela del premio Nobel, la presión sube. Estados Unidos aprieta. Quita visas. Acusa. Dice que hay “abundantes pruebas”. Amenaza con aranceles. Las calificadoras castigan el comportamiento económico. La inflación no cede. Los maestros están en la calle. Zedillo, en su momento pidió a Clinton, 20 mil millones, con un telefonazo, hoy es imposible. Y la delincuencia sigue matando. Vamos al abismo, gobernar es regalar. Y la presidenta, quizá en algún momento de realismo mágico garciamarquiano, parecía que podía “entregar al gallo”, pero AMLO salió con su carta y dijo ¡no! ¡Yo soy el supremo! ¡El que manda! A costa de todo, de lo que sea.
Entonces vamos al famosísimo final de esa novela. Claudia, desesperada, ante un panorama criminal abundante y unas finanzas famélicas, le exige a AMLO, que le diga ¿qué van a hacer sin entregar al gallo Rocha y los pollos que se acumulan? ¿Qué vamos a comer?, le dice la presidenta. Y AMLO, respondió altivo, digno, y, por supuesto, soberano: “¡Mierda!”.
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