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La coperacha

Resulta que retirarse ya no es retirarse. Antes uno pensaba que después de gobernar un país con más problemas que la cena navideña con la familia política, lo lógico era irse a La Chingada, escribir memorias heroicas de hazañas inventadas y tomarse selfies con gallinas. Pero no. Hay quien no sabe bajarse del escenario aunque el público ya se fue, apagaron las luces y el conserje está barriendo a sus pies.

En lugar de desaparecer con dignidad (ese lujo que nunca apreció) la nueva vocación del Amado Líder es reinventarse como gestor internacional de la coperacha humanitaria. Con Cuba de telón de fondo, ese destino emocional que todavía le jala el corazón a más de cuatro, aunque el resto del mundo lo viera como un país sin gasolina, sin jabón y sin futuro. De turismo de experiencia. Perfecto. El pretexto ideal.

Porque nadie sabe bien en qué anda metido el Líder Transformador. ¿Vende libros? ¿Opera una lavandería? ¿Arma alianzas estratégicas? ¿O simplemente pasa la charola en nombre de una revolución que ya ni los herederos castristas recuerdan? La respuesta es todo lo anterior y hasta con descuento para los donadores lambiscones más fieles.

Y usted y yo, querido lector, lo entendemos bien. Sabemos perfectamente que esto es negocio con disfraz de ideología. Porque cuando alguien habla tanto, pide tanto y cobra tanto, habiendo castigado a quienes loablemente pedían para los demás, no está defendiendo una causa. Está “emprendiendo”. Y eso, en boca de quien nos enseñó a rechazar a los fifís empresariales, tiene un sabor muy peculiar. Sabe a hipocresía con chile chipilín.

Antes para él había montones de petróleo, contratos directos, ductos ordeñados y ese mundo maravilloso donde el dinero que no se cuenta simplemente se huachicolea. Pero ahora que La Suplente lleva su propio juego y le va cerrando puertas al bisne, hay que diversificar la cartera. Y Cuba suena más a operación financiera urgente que a solidaridad fraternal. Suena, para ser exactos, a que alguien tiene compromisos de enjuagues de liquidez muy puntuales que cumplir.

¿Le parece exagerado? Entonces recuerde 2017. Los sismos, el fideicomiso, la promesa de ayudar a los damnificados. El dinero entraba solidariamente por la puerta del frente y salía triangulado por la puerta trasera rumbo a una campaña. Claro. La democracia tiene sus límites, especialmente cuando el ponía las reglas. Desde entonces quedó muy claro que cuando se habla de “aportaciones voluntarias” en sobres amarillos, solo era fraude.

La mala noticia para el emprendedor sentimental es que esta vez la secuela llegó con perestroikas, amenazas gringas, acuerdos de emergencia y La Suplente vigilando que nadie catalogue el circo como lo que parece. La coperacha tronó antes de despegar.

Y porque esto no es un capítulo cerrado. Solo es un intento fallido de secuela de este desastre que todavía no termina.

Porque al final, la coperacha siempre fue, es y será para él. La diferencia entre un político retirado y uno reciclado es muy fácil. Uno quiere permanecer lo más callado posible y el otro vive por el reflector. Y los dos mienten en todo, pero al menos el primero ya no cobra del erario por hacerlo. Y eso viniendo de quien tanto predicó la austeridad republicana como virtud suprema. Y resulta que la austeridad sí existe. Nomás que no en La Chingada…

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