La democracia no es un altar, es una herramienta

Hoy el mundo enfrenta tentaciones autoritarias de izquierda y de derecha. Gobiernos que presionan a jueces, desacreditan a la prensa y erosionan instituciones en nombre del pueblo, del orden o de la estabilidad...

Agradezco la deferencia de formar parte de La Aurora, un proyecto periodístico que nace en un momento en el que defender a las instituciones y a las libertades no es una consigna cómoda, sino una responsabilidad cívica. En tiempos de polarización, ruido y verdades a medias, este espacio apuesta por algo cada vez más escaso, pensar con independencia, cuestionar al poder y recordar que la democracia no se honra con discursos, sino con resultados.

Hace unos 15 años, en una de esas oportunidades fabulosas que me dio la vida para convivir y conversar largamente con don Julio Scherer García, sostuvimos una de esas charlas que no buscan convencer, sino entender. Hablábamos de Cuba, de Fidel Castro y, como suele ocurrir cuando se analizan regímenes cerrados, la conversación terminó derivando hacia la seguridad, las libertades y el control del poder.

En algún momento solté una frase que, apenas la terminé, provocó la reacción inmediata de don Julio. Sonrió y me dijo: “Esa frase, don Alberto, ya no es suya. Se la acabo de robar”. La frase fue esta, “Cuando menos, y dado los niveles de violencia que tenemos en México, lo que habría que reconocer en Cuba es que no hay decapitados por el crimen organizado”.

La conversación dio para un buen rato. No porque estuviéramos defendiendo a Cuba, sino porque intentábamos entender una paradoja incómoda: ¿qué ocurre cuando un Estado controla todo?, ¿y qué ocurre cuando el Estado deja de controlar lo esencial, como la seguridad y la aplicación de la ley?.

La conclusión no era amable para nadie. Las libertades que existen en la Constitución y en las leyes, cuando no se protegen a cabalidad, terminan abriendo la puerta al libertinaje de quienes las violentan sin enfrentar consecuencia alguna por parte de las instituciones. En México, ese libertinaje lo ejerce, en buena medida, el crimen organizado. No porque tengamos demasiadas libertades, sino porque el Estado dejó de garantizarlas.

En Cuba sucede lo contrario. Hay pocas libertades reales. El control es casi absoluto. El libertinaje existe, sí, pero es exclusivo de los detentadores del poder. No hay decapitados, pero tampoco hay prensa libre. No hay organizaciones criminales visibles, pero tampoco hay disenso tolerado. El orden se mantiene sacrificando derechos.

Esa conversación me ayudó a entender algo que hoy sigue siendo central, la democracia no es un fin sagrado ni un objeto de culto. Es una herramienta. La mejor que hemos construido hasta ahora para un objetivo muy concreto, garantizar libertades, regular la convivencia y poner límites efectivos al poder político y económico.

Cuando la democracia se reduce a rituales, a elecciones sin contrapesos o a discursos que se repiten como mantras, se vacía de contenido. Defenderla sin preguntarse si está cumpliendo su función es una forma elegante de autoengaño colectivo. La democracia no fracasa de golpe; se desgasta cuando deja de dar resultados.

Y este no es un problema ideológico. Hoy el mundo enfrenta tentaciones autoritarias de izquierda y de derecha. Gobiernos que presionan a jueces, desacreditan a la prensa y erosionan instituciones en nombre del pueblo, del orden o de la estabilidad. Cambian los argumentos, pero el resultado es el mismo, menos libertades, menos reglas y más poder concentrado.

A este contexto se suma un riesgo concreto en 2026, las reformas electorales que vuelven a cambiar las reglas del juego. No se trata de ajustes técnicos, sino de modificaciones que, en los hechos, generan ventajas indebidas para el partido en el poder. Cuando quien gobierna rediseña las reglas bajo las cuales competirá, la equidad se debilita y la confianza pública se erosiona. Las democracias no colapsan solo con fraudes evidentes; también se degradan cuando el árbitro pierde autonomía y el terreno se inclina sistemáticamente hacia un solo lado.

A esto se suma un factor adicional que no puede ignorarse. Vivimos saturados de información. No mejor informados, saturados. Redes sociales, mensajes diseñados para provocar enojo y algoritmos que premian la polarización permanente. En ese ambiente, la frustración crece, la confianza se erosiona y muchos concluyen que la democracia “no sirve”.

Hay que decirlo sin rodeos una democracia que no garantiza seguridad, justicia y reglas claras termina siendo irrelevante para la vida diaria de las personas. La gente no abandona la democracia por ideología, la abandona por frustración. Cuando denunciar no sirve, cuando la ley no protege y cuando el poder no tiene límites visibles, el sistema deja de ser un instrumento de libertad y se percibe como un estorbo. Ahí es donde empiezan los atajos peligrosos traducidos en corrupción, violencia, ineficiencia institucional,  frivolidad y cinismo político.

La democracia no se honra con discursos. Se defiende con instituciones que funcionen, garanticen libertades y mejoren la calidad de vida de las y los ciudadanos.