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La (de)morada

La Ciudad de México se volvió una morada demorada.

Todo tarda. Todo queda a medias. Todo se anuncia antes de existir. Y mientras tanto, todo se pinta de morado. Porque el gobierno de La Escenógrafa parece pensar que el color funciona mejor que la eficiencia. Mucho mejor que pagar el mantenimiento, de hecho.

La capital vive atrapada entre obras eternas, inundaciones, tráfico paralizado, estaciones del Metro que sobreviven por fe colectiva y banquetas convertidas en trincheras. Una ciudad cerrada. Excavada. Bloqueada. En una guerra consigo misma.

Pero siempre aparece una brochita salvadora. Una banca morada. Un mural morado. Un corazón morado gigantesco. Un ajolote con tentáculos morados que atrapan. Para La Escenógrafa decorar el problema es una forma válida de administrarlo.

Y ahora llega el Mundial.

La oportunidad perfecta para maquillar la ciudad (de) morada frente a las cámaras internacionales. Y embolsarse la diferencia presupuestal.

Porque si algo entiende este régimen es el poder de la escenografía. Habrá drones. Tomas aéreas. Eventos “culturales”. Discursos sobre identidad, pueblos originarios y memoria histórica. Algún funcionario hablará solemnemente de resignificar espacios mientras detrás de él una avenida lleva seis meses abierta por una fuga. Pero no importa. Lo importante es la narrativa.

El morenismo chilango desarrolló una capacidad extraordinaria para convertir cualquier fracaso en performance político. Si el agua no llega, se organiza un festival comunitario. Si el Metro falla, se pinta un vagón. Si la inseguridad crece, se inaugura una Utopía, fincada en la esperanza colectiva. Y si alguien pregunta por qué la ciudad funciona cada vez peor, siempre existe la opción de culpar al Conquistador, el nuevo villano.

Porque claro. Hernán Cortés tiene muchísimo que ver con que las obras públicas duren tres sexenios.

Hace unos días alguien me contaba que una funcionaria morenista-claudista (perdóneme) presumía emocionadísima los preparativos rumbo al Mundial. Hablaba de inclusión, recuperación del espacio público y orgullo barrial con un entusiasmo casi orgásmico (perdóneme otra vez). Terminó el evento. Salió a la calle. Y afuera había basura acumulada, un tráfico inmóvil y vecinos reclamando que llevaban días sin agua. La metáfora llegó solita. Y su carrazo con guaruras no podía ni pasar a recogerla.

Pero quizás eso es lo que significa este momento político. Gobiernos que ya no buscan resolver la realidad sino solo arreglarla visualmente. Administraciones que creen que pintar equivale a Transformar. Que confunden propaganda con urbanismo y slogans con infraestructura.

Por eso todo termina (de)morado.

Porque el color ayuda temporalmente a tapar la negligencia.

Mientras discutimos intervenciones y agravios históricos cuidadosamente seleccionados, la ciudad enferma frente a nosotros. Lentamente. Dolorosamente. Desordenada. Agotada. Pero eso sí, morirá como viejita coqueta, muy maquillada.

El Mundial les viene perfecto porque distrae. Durante unas semanas veremos una capital vibrante (dicen), alegre y llena de folklore para consumo internacional. Los turistas seguramente se irán mojados pero felices. Las cámaras encontrarán el ángulo correcto. Y los funcionarios se felicitarán unos a otros frente a algún fondo morado.

Después se apagarán las luces.

Y aquí seguiremos nosotros. Viviendo entre descarapelados morados. Porque en esta ciudad la capa de pintura dura igual que su hueca propaganda…

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