Santo que no es visto, no es adorado. Sin embargo, La Suplente ha logrado la proeza de desaparecer sin moverse del templete. Es un talento raro y de escenario; por ejemplo, Houdini necesitaba humo, ella solo necesita un mitin.
El domingo de emergencia nacional ella prometió con enorme sonrisa que el gabinete de seguridad informaría a los ciudadanos. Lo dijo con ese tono pedagógico y muy de campaña, con el que se prometen cosas que nunca se cumplirán. Y esa promesa resultó ser de una categoría metafísica porque sólo nos la imaginamos. Pasó el día. Pasó la noche. No informó nadie. Ni el gabinete. Ni la vocería. Ni el primo del subsecretario. Unas líneas apenas en redes sociales. Dejaron que crecieran rumores y luego se enojaron por tener que callarlos. El país amaneció el lunes con muertos, bloqueos y la sensación de que la realidad estaba transmitiéndose por un canal de TV distinto al del gobierno.
Mientras tanto, La Suplente seguía en su mitin. Sonreía. Saludaba. Hablaba de la reforma electoral con puro optimismo administrativo. Afuera ardían vehículos y carreteras. Pero en el templete, el único incendio era el del entusiasmo partidista. Hay quien dice que la política también es el arte de administrar las crisis. Aquí más bien fue el arte de ocultarlas por turnos, para que no interrumpieran la agenda.
Cuando finalmente alguien informó, claro que fue al día siguiente. Eran las facturas que hay que pagar cuando llegan después del funeral. Y aún así La Suplente sostuvo que todo estaba “bajo control” mientras su general lloraba las de cocodrilo. Es una frase magnífica porque no explica nada y lo promete todo. Bajo control puede significar que hay estrategia o que ya nos acostumbraron al caos. Depende del ángulo y del morenista que lo diga.
Lo interesante es la omisión en medio de toda esta coreografía. Ella anuncia que informarán. No informan. Ella continúa el mitin. Hay muertos. Hay bloqueos. Ella asegura que todo bien. El gabinete aparece 24 horas después. Y entretanto, la reforma electoral se presenta como la gran prioridad nacional. El país arde, pero lo urgente es ajustar las reglas del árbitro adjunto, que beneficien a quienes quieren perpetuarse en el poder.
Uno pensaría que después de un domingo así habría al menos una pausa, un gesto solemne o una cara de “esto no estaba en el guion”. Pero no. La Suplente tiene esa aparente cualidad que los manuales Transformadores llaman resiliencia, pero que en la realidad es pura indolencia. Nada la distrae. Ni la violencia, ni los bloqueos, ni los datos incómodos. La agenda es la agenda y el templete no se abandona por minucias como la maldita realidad.
En otros tiempos, los presidentes daban la cara en cadena nacional. Ahora la cadena es de WhatsApp y el silencio ya es institucional. Si hay muertos, se informa mañana. Los Transformadores nunca salen a cuadro en fin de semana. Si hay bloqueos, lo vamos a revisar. Si hay preguntas, siempre García Luna. Y si hay reforma electoral, se presenta aunque el país esté aprendiendo a circular entre barricadas e incendios.
Quizás La Suplente solo ha perfeccionado la técnica de estar sin estar. De hablar sin decir. De prometer como el que promete lluvia en temporada seca. La Suplente es de las que se diluye mientras el país espera a que alguien haga algo.
México seguirá ahí como siempre, esperándola. Aguantando el discurso, la invisibilidad, la negligencia, aguantando los datos falsos, aguantando esa sonrisa de directora de escuela que explica con voz muy chiquita por qué ningún Transformador tiene la culpa del incendio. Sabiendo que siempre hay un templete pagado para la siguiente ovación. Y seguiremos esperando a que algún día La Suplente termine la mañanera, se aleje del micrófono y se asome por la ventana. Nomás eso. Que ojalá se asome...
