En la vasta coreografía mexicana de autobiografías y memorias políticas, Ni venganza ni perdón seguramente ocupará un lugar destacado, quizá no por la exhaustividad del relato para perfilar una fotografía histórica, sino por la precisión del disparo.
Julio Scherer Ibarra —coautor, junto con el periodista Jorge Fernández Menéndez, de esta singular combinación entre entrevista y disección tumoral— no es cualquier protagonista de una administración presidencial: fue la sombra operativa y jurídica de Andrés Manuel López Obrador desde los días del “éxodo tabasqueño” hasta el arribo a Palacio Nacional, desde la amistad inquebrantable hasta los crujidos de la lealtad, desde la devoción hasta la denuncia.
El texto trasciende el anecdotario. No es un testimonio neutral para la posteridad ni para dejar registro de ciertos sucesos. Es en realidad una tomografía de la deformación celular de un régimen que creció, se reprodujo y empieza a mostrar síntomas inequívocos de la enfermedad terminal de la política: la corrupción que degrada el cuerpo y se expande rápidamente por todo espacio de poder que toca.
Scherer se lanza en un ajuste de cuentas contra quien, a su juicio, fue la facción que, desde la corte de Palacio y ante el rey desnudo, secuestró las posibilidades de llevar a cabo la transformación prometida. En ciertos momentos, en forma de réplica jurídica a las especulaciones sobre su desempeño. En otros, reivindicando el pragmatismo del realista frente al dogmatismo destructivo de los puros. El servidor público se mira en el espejo del desgaste de intervenir en “todo” ante la incapacidad, la turbación o la indecisión de los mediocres y los desidiosos. En la derrota del realismo frente a la necedad de la consigna —en el fracaso del “cómo sí” que se impone como imperativo de la gestión pública— Scherer reconoce la falla del voluntarismo caudillista.
En la lucha de facciones radica la principal fractura moral del régimen, sugiere el autor. El entrevistado confirma, sin recovecos, lo que hasta hoy eran especulaciones rechazadas sistemáticamente por el oficialismo: la existencia de vínculos mafiosos entre figuras clave de Morena y el crimen organizado, comandados directamente por un personaje obscuro e inescrutable que decidía prácticamente todo lo que el presidente más poderoso de la época moderna de México veía o escuchaba.
La radiografía resulta devastadora para el “catequista”, como Scherer denomina recurrentemente a López Obrador, en clara alusión a la vocación moralizante de su liderazgo y la disciplina de su liturgia. Mientras predicaba pureza, sus sacristanes de cabecera —destacadamente Jesús Ramírez Cuevas— operaban una maquinaria de manipulación mediática, negocios al amparo del poder y pactos criminales. El libro no sólo narra traiciones y despechos: ofrece notas dispersas que documentan la negligencia y la corrupción estructural de un gobierno que hizo de la lealtad el único resorte del aparato de decisión pública y que no tenía cortapisa ética de autocontención frente al desenfreno. Después de leer esos episodios —la crisis del abasto de medicamentos o la reacción al Covid, por ejemplo- difícilmente cabe una conclusión distinta a que este país está gobernado por una generación que padece una gravísima sociopatía colectiva.
No tengo duda de que su padre, el legendario Julio Scherer García, habría envidiado, como periodista, la oportunidad de contar, del otro lado de la grabadora, con una fuente tan directa sobre la rápida descomposición del régimen que monopolizó las ansias de cambio tras el agotamiento de la transición. Quizá valga la pena preguntar a quienes lo conocieron si don Julio habría conservado la admiración que le profesaba a López Obrador después de leer la crónica en primera persona de su hijo.
¿Qué reacción suscitará esta confesión entre los "puristas duros" a los que el autor denuncia? Es una incógnita, pero Scherer es un hombre de poder que sabe cómo rompen en la orilla las aguas turbulentas. Por eso no creo que este libro sea el desliz de un incauto que menosprecia el poder de las palabras. Más bien veo a un personaje con las canas suficientes que aprendió bien aquello de que en la política no hay vacíos ni ambiciones que no los suplan.
Para la oposición, el relato deja de ser una mera memoria de desencuentros para convertirse en un arsenal histórico inconmensurable. ¿Quedará como una prosa suelta en el inminente reacomodo de lealtades o será la "prueba madre" de que el régimen más poderoso gestado por la democracia se pudrió prematuramente desde sus entrañas? Si esta descomposición no es la coyuntura de un relevo, sino un vicio fundacional, Scherer anticipa el acta de defunción de la superioridad moral del lopezobradorismo: el retrato de un régimen que se dedicó a la venganza confiado, quizás erróneamente, en que tendría garantizado el perdón del pueblo.
