Llegó Graciela Domínguez Nava a la gubernatura de Sinaloa. Es el resultado de las negociaciones con los grupos de Morena y de los intereses que los rodean.
Domínguez es diputada y fue secretaria de Educación de Rubén Rocha Moya al arranque de su mandato. No es un mensaje de continuidad —como lo era con Yeraldine Bonilla Valverde—, pero tampoco de ruptura en términos absolutos.
Para Domínguez será una prueba de fuego, porque la situación de su exjefe, lejos de resolverse, está empeorando y algunos de los apoyos con los que contó se van debilitando.
Esto es central para la ahora gobernadora, porque una de las variables más importantes en la política sinaloense sigue siendo Rocha Moya; no porque tenga futuro político, sino porque se irán notando las ondas expansivas de su caída.
Una muy relevante, por supuesto, es la que se desprende de los pactos que forjó con el crimen organizado y que son la base de las acusaciones de la Corte del Distrito Sur de Nueva York, desde donde piden su captura.
¿Los acuerdos implicaron un compromiso extensivo en el tiempo? ¿Rocha Moya es el signatario del acuerdo o un intermediario de alto valor?
Estas interrogantes, y las que se puedan sumar, revelan la complejidad de la situación y sus niveles de riesgo, los cuales se expresan, de manera cotidiana, en la violencia que aqueja al estado.
Es más: después del error que cometió al regresar, aunque fuera por algunas horas, al Palacio de Gobierno, no se puede descartar que en algún momento procedan en su contra.
Se nota en los discursos: dejaron de ser patrioteros para convertirse en cautos. Lo que ayer era convencimiento en la inocencia se transformó en incertidumbre y duda.
A ello hay que añadir la inestabilidad política. Si se hacen cuentas, en los pasados cinco años Sinaloa ha tenido cuatro gobernadores, “lo que habla de la inestabilidad del gobierno y de la incapacidad de Morena para gobernar”, como señaló con tino César Emiliano Gerardo Lugo, líder del PRI en el estado.
Es verdad que los nombres se reducen a tres entre el propio Rocha Moya —aunque dos veces—, Bonilla Valverde y ahora Domínguez.
La hoguera del rochismo está encendida.
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