Del gr. ἡγεμονία hēgemonía “dirección, jefatura” f. Supremacía que un Estado ejerce sobre otros. f. Supremacía de cualquier tipo.
México vive exactamente ahí. En un lugar profundamente incómodo. Los poderes hegemónicos siempre prometen orden. Después prometen estabilidad. Luego empiezan a prometer permanencia. Y cuando llegan a ese punto, ya nadie distingue bien si seguimos viviendo en una democracia o dentro de la sala de juntas del partido.
Porque el problema de haber ganado todo es que eventualmente empiezas a pensar que el país te pertenece. Que las instituciones son tuyas, los erarios también y los gobernadores son tus empleados regionales. Que la ley es una mera sugerencia decorativa. Que la crítica es traición. Y que el ciudadano, en el fondo, debe agradecerte por existir.
Las hegemonías, además, siempre pierden la capacidad fundamental de la autocrítica. Empiezan a caminar como esos señores que ya manejan borrachos porque jamás les ha pasado nada. Se sienten invencibles. Y lo peor es que alrededor siempre aparece una corte completa de personas dispuestas a confirmarles la fantasía.
Ahí es donde entran esos que durante años se proclamaron intelectuales y ahora están convertidos en cortesanos del régimen.
Gente que pasó décadas hablando de contrapesos, hasta que descubrió que era más rentable convertirse en tapete persa de un pasillo en Palacio Nacional. Académicos, escritores, periodistas y opinadores, todos observando al poder con la emoción húmeda de quien acaba de recibir acceso al área VIP del concierto de Shakira en el Zócalo.
Pasaron de ser el dolor de cabeza del presidente a corregirle la redacción.
Y claro, todos hacen exactamente la misma maroma. “Yo no estoy de acuerdo con TODO, pero…” Después del “pero” viene la justificación de 20 renglones que termina en que destruir instituciones era necesario porque había mucho neoliberalismo acumulado en las tuberías del país.
Uno pensaría que al menos les daría vergüenza. Pero no. Al contrario. Hay quien ya hasta habla con tono episcopal. Como si defender cualquier disparate gubernamental fuera LA misión histórica. Ahí están, solemnes, justificando contradicciones monumentales y explicando que, en realidad, el caos también es Transformación. O como decía aquel gran pensador hoy convertido en operador del régimen: “La democracia se hace a gritos”. O billetazos. Dependiendo.
Son los alcahuetes intelectuales del régimen. Los que vuelven respetablemente académico cualquier exceso del poder.
“Este autoritarismo tiene notas de justicia social con ligeros toques de pueblo bueno”.
Y mientras ellos redactan ensayos sobre la revolución moral del país, afuera se inunda media ciudad con tres gotas de lluvia morada, y los ciudadanos desarrollan reflejos de supervivencia soviética para lograr cosas tan extravagantes como intentar llegar vivos al trabajo.
Pero las hegemonías son así. Empiezan creyéndose eternas (de 50 años, dijo algún señor entonces muy feliz pero hoy muy indiciado). Luego se instalan en un entorno adulador. Después confunden aplausos con la realidad. Y finalmente ocurre lo inevitable. Se pudren desde adentro y se caen a pedazos.
Porque el desgaste no siempre llega desde la oposición. En este caso ya empieza adentro. En la soberbia. En esa comodidad de ya no tener que fingir que están atentos. En esa sensación de que ya no importa hacer las cosas bien porque total, “¿por quién más van a votar?”
Y cuidado con eso. Porque la historia tiene un sentido del humor bastante negro. A los partidos que se sienten eternos suelen darles a todos exactamente el mismo final. Primero dejan de escuchar. Luego dejan de entender. Y un día despiertan convencidos de que todo les pertenece, mientras el país entero ya está buscando cómo sacarlos a patadas.
Las hegemonías rara vez se derrumban de golpe. Empiezan a caer lentamente, convencidas de que los aplausos siguen siendo amor cuando, en realidad, son las primeras cachetadas…
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