El Instituto V-Dem de Suecia en su informe anual señaló que, en 2025, casi una cuarta parte del planeta vivió retrocesos democráticos. Entre dichos retrocesos, destaca que Estados Unidos ha dejado de ser clasificado por el instituto como una democracia liberal plena y lo coloca al nivel de Hungría o Turquía. Otros estudios han alcanzado conclusiones similares sobre Estados Unidos en los últimos años, desde Freedom House hasta The Economist Intelligence Unit. Creo que en México no hemos aquilatado lo que esto significa.
En su libro ya clásico y nunca reeditado Poinsett, Historia de una intriga, José Fuentes Mares demostraba cómo el primer embajador norteamericano en México, Joel R. Poinsett, impulsó la formación de logias masónicas en nuestro país. Dichas logias sirvieron para la difusión de doctrinas liberales en un país con herencia española y, por tanto, profundamente antiliberal. Esas logias serían las incubadoras del Partido Liberal mexicano a lo largo del siglo XIX y de muchas de las grandes figuras de la Reforma.
En el siglo XX, Estados Unidos jaló a México a la alianza de las democracias liberales que combatieron el nazismo en la Segunda Guerra Mundial y, en la Guerra Fría, lo alejó del totalitarismo comunista soviético. Para no hablar de la significativa influencia de Estados Unidos como promotor de la transición democrática mexicana, desde las misiones del centro, del expresidente Carter, hasta las innumerables ONG y fundaciones norteamericanas que vinieron a impulsar agendas favorables a la apertura y liberalización del sistema político.
Fueron los periódicos estadounidenses los que sirvieron de referente para lo que debería ser una prensa crítica, seria y practicante del periodismo de investigación en México. Fue el ejemplo de elecciones competitivas de nuestro vecino norteño en un vecindario latinoamericano caracterizado por puras dictaduras, el ejemplo de lo que era un sistema político civilizado. Y, desde luego, fue el Departamento de Estado de Estados Unidos el que presionó a distintos presidentes mexicanos para que mostrasen apertura a los reclamos de la oposición en México. La izquierda mexicana vio esta presión e influencia estadounidense como un ejercicio de imperialismo. En mi modesta opinión, se trató más bien de un muy valioso ejercicio de poder blando en defensa de una causa liberal.
Si Estados Unidos abandona su status como democracia liberal, los promotores del autoritarismo mexicano ya no sentirán vergüenza ni pudor ante sus propios impulsos antidemocráticos. Con una oposición mexicana francamente inepta y limitadísima en su horizonte electoral, no habrá fuerza capaz de impulsar la apertura y liberalización del nuevo sistema mexicano en el corto plazo. Muchos celebran que Estados Unidos abandone su papel de promoción democrática. Yo no. Como decía Hillary Clinton, una palabra de los presidentes o secretarios de Estado norteamericanos hacía la diferencia en América Latina para que un país tuviera cárceles con presos políticos o sin ellos. Toda esa agenda está agotada, pues como podemos atestiguar en Cuba y Venezuela, a Estados Unidos ya no le importa la democratización de esas naciones sino simplemente su alineación internacional.
No hemos ponderado lo que significa el abandono de la agenda democrática en el exterior por parte de Estados Unidos. En el caso mexicano, significa que quienes aspiran a ver un nuevo florecimiento de la democracia liberal aquí, están construyendo castillos en el aire. La democracia liberal no florece en entornos internacionales autoritarios, y Morena y sus gobiernos, libres de la presión norteamericana, no tendrán ningún incentivo para escuchar a la oposición. La agenda liberal siempre dependió del impulso de la superpotencia. Si esta última abandona esa agenda, en México nadie tiene la fuerza para promoverla exitosamente.
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