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La inversión pública en la Piedra de los Sacrificios

En unos días se presentará el Paquete Económico 2027 y esperaríamos conocer las prioridades presupuestales del próximo año. La principal preocupación será cómo lograr una verdadera consolidación fiscal: reducir el déficit y estabilizar las finanzas públicas en un escenario de crecimiento económico mediocre y, consecuentemente, de poco dinamismo en la recaudación. El riesgo es que, una vez más, la variable de ajuste sea la inversión pública.

El problema es que el Presupuesto de Egresos de la Federación se ha vuelto extraordinariamente rígido. Pensiones, subsidios, participaciones a estados y municipios, servicio de la deuda y otros compromisos ineludibles absorben una proporción creciente de los recursos. Cuando los ingresos crecen poco y estos gastos no pueden reducirse, lo más sencillo es recortar aquello que sí se puede mover: carreteras, hospitales, escuelas, infraestructura hidráulica y mantenimiento.

Es una pésima solución. Sacrificar inversión pública permite cuadrar las cuentas hoy a costa del crecimiento de mañana. Para dimensionar lo que México está perdiendo vale la pena recordar qué sucede cuando un gobierno cuenta con espacio presupuestal para invertir.

Durante la administración del presidente Felipe Calderón se alcanzó la mayor inversión pública en la historia. La inversión pública alcanzó 6% del PIB. Durante el gobierno del presidente López Obrador, en contraste, la inversión pública representó apenas 2.7% del PIB.

La diferencia es enorme. Proporcionalmente al tamaño de la economía, durante el gobierno de Calderón la inversión pública fue más del doble, y se notó. Se alcanzaron cifras récord de inversión en infraestructura carretera. Se construyeron y modernizaron 23 mil kilómetros de carreteras y autopistas. En salud, se construyeron mil 264 hospitales o clínicas nuevas, además de cientos de sustituciones y miles de ampliaciones y remodelaciones. También se realizó un esfuerzo considerable en infraestructura educativa, rehabilitando, ampliando y modernizando 50 mil planteles.

Carreteras, hospitales, clínicas, escuelas y obras hidráulicas son activos públicos que prestan servicios durante décadas y, sobre todo, aumentan la capacidad productiva del país. Cuando existe margen presupuestal, un gobierno puede convertirlo en infraestructura productiva que transforma al país.

Hoy ese margen se ha reducido dramáticamente. La presidenta Sheinbaum enfrenta obligaciones de gasto mucho mayores y una situación fiscal considerablemente más estrecha. Además, debe reducir un déficit elevado sin contar con el viento a favor de una economía creciendo vigorosamente. Esa combinación hace especialmente vulnerable a la inversión pública.

Por eso habrá que leer con cuidado el Paquete Económico 2027. No bastará con celebrar que disminuya el déficit. Habrá que preguntarnos cómo se consiguió esa reducción.

México necesita recuperar espacio presupuestal. Eso obliga a discutir seriamente la creciente rigidez del gasto. Porque unas finanzas públicas sanas no consisten solamente en gastar menos. Consisten también en conservar la capacidad de invertir donde verdaderamente importa.

Si la consolidación fiscal vuelve a descansar en sacrificar carreteras, hospitales, escuelas, agua y mantenimiento, estaremos resolviendo un problema presente creando otro para el futuro. Y el futuro ya está a la vuelta de la esquina.

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