La principal línea de defensa que hacen de la 4T los pocos simpatizantes que piensan y argumentan (la mayoría la defiende descalificando a los críticos o aludiendo a sus “otros datos”, es decir con su “posverdad” ) es la siguiente: el modelo neoliberal de modernización económica y la transición democrática se desentendieron de dos problemas estructurales del país –la corrupción y la desigualdad-pobreza— y no lo hicieron porque el modelo político en que se sustentaba consistía en un pacto de las élites políticas (el famoso “PRIAN”) y económicas (los empresarios más ricos del país, agrupados en el Consejo Mexicano de Negocios) para concentrar la riqueza en sus manos. Era, por tanto, un modelo excluyente de las mayorías y la democracia que presumían era una simulación.
La crítica es parcialmente cierta. No es intención de esta breve reflexión analizar a fondo el argumento. Pero sí sostengo que la afirmación tajante de que todo lo hecho por ese modelo en México a partir de 1982 –modernización económica más democracia liberal—fue un fracaso absoluto en todos sus aspectos es falsa. Es necesario un debate profundo y amplio –alejado de dogmas y simplificaciones— pero los tiempos actuales no son propicios por la escasa apertura oficial a dialogar.
Supongamos sin conceder que México necesitaba borrón y cuenta nueva y, por eso, era indispensable impulsar una cuarta transformación que destruyera desde la raíz ese pacto de la mafia del poder y fuera sustituido por un gobierno del pueblo (un líder que como “no miente, no roba y no traiciona” se convierte en el verdadero y único representante del pueblo, lo que asegura la democracia verdadera) que pudiera construir una sociedad incluyente (incrementos salariales y programas sociales de reparto de dinero). Esa era la oferta, la gran promesa.
¿Qué tenemos siete años después? El único logro cierto es una reducción de la pobreza en uno de sus indicadores –la pobreza por ingresos— producto fundamentalmente de los incrementos salariales y segundo de los programas de transferencias monetarias. Aunque la sostenibilidad de ese avance en el futuro es muy endeble por una economía estancada y unas finanzas públicas cerca del colapso, la pregunta obligada es ¿a qué costo se logró? ¿Realmente hay un modelo económico incluyente y una verdadera democracia? ¿Ya se destruyó el pacto de la mafia del poder y tenemos un pueblo convertido en gobierno, sin corrupción ni mentiras, ni traiciones, una verdadera democracia?
Y aquí entra la noticia de la semana pasada: la publicación del libro de Scherer y Fernández Menéndez. No que no lo supiéramos, simplemente lo confirma desde adentro: López Obrador, el gran líder que necesitaba México, que desterraría de la faz de la política cualquier complicidad mafiosa, que haría de la honestidad y la verdad los pilares fundamentales de la relación entre sociedad y gobierno, que fulminaría con la justicia a cualquier político que se atreviera a robar un peso o gobernar a base de mentiras y engaños, sí, ese líder era desde siempre un gran farsante, un hipócrita consumado, un gobernante sin capacidades por ignorante e incompetente, un personaje para el cual el fin justifica todos los medios.
Si así era el líder, ¿cómo fue su gobierno y qué régimen político comenzó a construir? Las revelaciones de Scherer aportan elementos que permiten delinear con gran claridad lo que ha sustituido al corrupto régimen neoliberal. Apunto tres de esos rasgos del nuevo gobierno del pueblo verdaderamente democrático.
Primero, la diabólica mafia neoliberal no desapareció, sino que evolucionó y ahora tenemos una mafia reloaded: no sólo permanecieron los grandes empresarios, destacadamente Slim, y los peores personajes del PRIAN (Bartlett, Ovalle, Adán Augusto, Monreal, Durazo, etc.) sino que se sumaron los morenistas ahora nuevos ricos sin escrúpulos y una ambición inconmensurable (Andy y su pandilla de amigos empresarios, Fernández Noroña, Gutiérrez Luna y mujer, Andrea Chávez, etc.) más unos invitados especiales: los Cárteles de Sinaloa, Jalisco Nueva Generación y algunos delincuentes anexos, estrellas de libro de marras, como Jesús Ramírez Cuevas y Sergio Carmona.
Segundo, un pacto de impunidad y complicidad a prueba de cualquier revelación, escándalo, denuncia, investigación que venga desde dentro del país (está por verse si resiste al habitante de la Casa Blanca). Puedes poner al líder de una organización criminal como secretario de Seguridad Pública, desfalcar la hacienda pública por 600 mil millones de pesos, abandonar el mantenimiento del Metro y causar un accidente con 27 muertos –por citar unos pocos ejemplos— y no tendrás ni siquiera que testificar, pues es impensable que te investiguen o te lleven a juicio. FGR controlada y por si fuera poco, nuevo Poder Judicial al servicio de la 4T. Mejor imposible.
Tercero, poder concentrado, sin límites legales ni institucionales; sin división de poderes, ni rendición de cuentas y cero transparencia y amenaza de reforma electoral para reducir la pluralidad y condenar a la pequeñez a la oposición actual y futura; adiós a la democracia liberal.
Ese es hasta ahora el precio político que la 4T le ha hecho pagar al país a cambio de aumentar los salarios mínimos y reasignar recursos a los programas sociales para reducir un poco la pobreza sin garantía de que sea un logro permanente. La nueva mafia del poder es absolutamente indefendible y precio elevadísimo e intolerable por las consecuencias para la sociedad. ¿Qué dirán ahora los defensores de la 4T?
