Pasa otra vez. Es esta escena que se ha repetido hasta el cansancio en el teatro político mexicano Transformador. La Suplente tropieza, la agenda se le escapa de las manos y el escándalo en turno salpica demasiado cerca. Y entonces desde el inframundo chiapaneco, aparece una comunicación a manera de salvación.
Esta semana el denostado expresidente publicó, con su habitual modestia, cinco cuartillas a las que tituló “Mi apoyo sin condiciones a la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo y una respetuosa reflexión sobre el presidente Donald Trump”. La maña de los Transformadores de rellenar espacios con el nombre completo del líder en turno. Igual lo hacen para acabar de pensar en la mentira que tienen que decir después. Aquí el detonador inmediato ya es conocido. Las acusaciones de Estados Unidos contra Rocha Moya y una decena de funcionarios de Sinaloa por presuntos nexos con el cártel. Tema incómodo. Tema que salpica. Tema que necesitaba urgente, un villano más grande que los de siempre.
Y nadie como el Amado Líder para proveerlo. Sin miedo. Sin recular. Sin desdecirse.
El argumento central de la carta es sencillo. El Trump de ahora no es el Trump de antes. El Trump de antes era razonable, escuchaba, nos (me) tenía consideración. El Trump de ahora está rodeado de paleros, manipuladores, caciquillos, vividores, ladrones, polizontes, tinterillos, especuladores, filibusteros, potentados, trepadores y malvados, según el vocabulario preciso del remitente. La solución que propone con toda seriedad, es que regrese el otro Trump. El bueno. El que lo trataba bien a él. El que le regresó a Cienfuegos para despues poder hacerle caravanas.
Y leemos la misiva y se entienden varias cosas a la vez.
Primero, que la carta no habla de Trump. Habla de él. Son cinco cuartillas de autobiografía encubierta, un recuento detallado y nostálgico de todas las veces que Trump le hizo caso, de los acuerdos que alcanzaron, del momento en que le preguntó su opinión sobre los narcoterroristas y él, sabiamente, le dijo que no existían. El expresidente extraña al Trump que lo escuchaba porque extraña, en realidad, ser escuchado por alguien que considera por arriba de él. No como todos sus chalanes.
Segundo, que el timing no es casual. Rocha Moya es un problema que no tiene solución en la retórica. No hay narrativa que lo absorba, no hay villano externo lo suficientemente grande para taparlo, a menos que ese villano sea el gobierno de Estados Unidos entero. La carta convierte un escándalo de corrupción y narco en una embestida imperialista contra la Cuarta Transformación. Es el movimiento de siempre, ejecutado con la habilidad de siempre. Lo hizo durante seis años. Y sigue funcionando entre los cada vez menos convencidos.
Tercero, que La Suplente no pudo hacer esto sola. No tiene el arsenal retórico, ni la autoridad moral dentro del movimiento, ni el instinto para dominar una agenda que se le está escurriendo. Que el expresidente tenga que salir a rescatarla desde La Chingada es en sí mismo, el dato más revelador (y risible) de la semana. No el mero contenido de la carta. Solo con el hecho de que esté publicada.
Al final, la misiva cierra con un llamado fraterno (no se ría, querido lector) a Trump para que mande al carajo a sus malos consejeros y vuelva a ser el mandatario “sensato y justo” que fue con él, ahora con La Suplente. Es un consejo que, viniendo de alguien que gobernó rodeado de la misma fauna, tiene una forma particular. Muy particular. El mismo Trump lo llamaba “Juanito” en privado. Y ahora sale el susodicho a añorarlo y a pedirle que rectifique. De ese tamaño la trapeada.
Es una patada de ahogado. Pero del ahogado que jamás terminó de hundirse. Aunque por lo leído, parece que no tardará mucho...
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