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La pedagogía del despedido

La épica mexicana tiene nuevos laureles. Hace unos días, en el clímax de su resistencia para no abandonar el cargo, el doctor Marx Arriaga extendió las manos e increpó a un policía con la gravedad de un prócer: “Anímense a arrestar a quien diseñó los libros de texto”. Lo dijo con esa convicción mesiánica que te invita a envolverte en una fe de erratas para que el cuerpo no caiga en manos de la "derecha". Allí estaba el nuevo Guillermo Prieto del obradorismo, ofreciendo el pecho al plomo de la reacción, convencido de que los agentes no portaban una orden de desalojo, sino un fusil de repetición contra la inteligencia colectiva.

La escena fue conmovedora. Para Arriaga, su despacho no era una oficina pública, sino una trinchera de la pedagogía del oprimido. Al estilo de Paulo Freire, el doctor Marx parece creer que el diálogo sólo es posible si él dicta el monólogo. Su carrera ha sido un esfuerzo constante por descolonizar la educación a punta de ocurrencias.

Recordemos sus pininos: en 2019, como director de Bibliotecas, ejecutó el despido de Daniel Goldin -el creador de la célebre colección A la orilla del viento- de la Biblioteca José Vasconcelos con una lógica escolástica envidiable. Ante la acusación de haberlo confinado al sótano, Arriaga respondió que tal humillación era imposible porque la biblioteca "ni siquiera tiene sótano".

Luego vino su faceta de coach ontológico. En Actopan, Hidalgo, les explicó a las mujeres, condescendiente, que la emancipación del machismo estaba a la vuelta de una página: “Mujeres, si en verdad buscan emanciparse de sus opresores, modificar este sistema machista que las rodea, no esperen que su libertad llegué como un regalo, por favor lean aquellos libros, ahí están descritos los caminos para su revolución”.

La joya de la corona fue su teoría estética, que esbozó en la Escuela Normal San Felipe del Progreso: “Leer por goce es un acto de consumo capitalista”, una paráfrasis de una larga y soporífera conferencia que impartió a normalistas. Bajo esta premisa, disfrutar de Dostoievski o Dickens es una claudicación burguesa. Lo revolucionario es leer con el ceño fruncido, buscando la "emancipación" en párrafos que ni el mismo Franz Fanon —en sus peores episodios de fiebre en Argelia— habría logrado descifrar.

Pero su desprecio por el capital tiene matices curiosos. En 2020, convocó a cientos de artistas para ilustrar los libros de texto a cambio de "compromiso social". Cuando el trabajo estaba avanzado, soltó la bomba: no habría pago. Fue un acto de magia financiera: socializar el esfuerzo y capitalizar el ahorro. Al parecer, la plusvalía sólo es pecado cuando la cobra el trabajador, no cuando la "ahorra" el funcionario.

Tras su salida el 13 de febrero de 2026, la mística descolonizadora se topó con la realidad contable. Mientras Arriaga hablaba de horizontalidad, sus equipos denunciaban un ambiente de hostigamiento digno de un manual de contrainsurgencia. Salieron a la luz los moches de su brazo derecho, Sady Loaiza —el pedagogo del chavismo—, quien presuntamente solicitaba depósitos de hasta 38 mil pesos a sus subordinados para cuentas de familiares.

Aquí la "interculturalidad crítica" alcanzó su cenit: se vinculó la producción de libros con redes que involucran desde el presupuesto electoral de 2024 hasta oscuras triangulaciones con figuras como Alex Saab. Resulta que la "conciencia de clase" de la Nueva Escuela Mexicana incluía una tarifa de entrada. La emancipación, al parecer, empieza después de cubrir la cuota de la plaza.

Al final, el atrincheramiento de Marx en la SEP es la metáfora perfecta de su gestión: un hombre solo, transmitiendo en vivo y denunciando "violencias" mientras los datos bailan en su contra. Resulta revelador el aumento presupuestal de 228% en pleno año electoral, 2024; un incremento de 380 millones de pesos que carecía de lógica operativa, pues los libros ya estaban impresos y distribuidos en las aulas.

Este misterioso flujo de efectivo, sumado a los millones gastados en enviar ejemplares a Cuba bajo el disfraz de la solidaridad, refuerza la tesis de que el recurso no tuvo un fin pedagógico. Más que para la educación, la caja de la Dirección General de Materiales Educativos parece haber servido como combustible para la operación política y el aceitado de lealtades con la CNTE. Arriaga no defendía la Nueva Escuela Mexicana, defendía el presupuesto de su propio proyecto político.

El doctor Marx Arriaga ha logrado, efectivamente, una descolonización total: liberó a los libros de texto de la tiranía de la gramática, de la lógica histórica y, sobre todo, del rigor de un buen editor. Su legado no es una pedagogía, sino una puesta en escena donde el guion, lamentablemente, tiene los mismos dislates que su revolución de papel.