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La policía que sí está recuperando confianza

Durante años hemos dedicado mucho tiempo a explicar por qué la ciudadanía no confía en la policía. Corrupción, abusos, poca capacidad de respuesta, patrullas que no llegan, cambios constantes de mandos y corporaciones que parecen comenzar de cero cada tres años. Es un diagnóstico necesario. Pero quizá también deberíamos empezar a estudiar con mayor atención la pregunta contraria: ¿qué está ocurriendo en los lugares donde la confianza sí comienza a recuperarse?

Los resultados más recientes de la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana del INEGI ofrecen algunas pistas. Nezahualcóyotl, por ejemplo, alcanzó 66.8% de confianza en su policía municipal y 69.6% de percepción de efectividad. Ecatepec, aunque todavía se encuentra lejos de esos niveles, también muestra una evolución relevante: su policía llegó a 44.1% de confianza y 44.7% de efectividad, mientras la percepción de inseguridad pasó de 88.8% en diciembre de 2024 a 77.4% en septiembre de este año.

No son cifras para declarar ganadores ni construir modelos perfectos. Son datos que vale la pena observar porque demuestran que las percepciones pueden modificarse.

Y también pueden hacerlo en sentido contrario.

Entre junio y septiembre, Hermosillo pasó de 43.2 a 53.2% de población que se siente insegura; Lázaro Cárdenas, de 33 a 42.3%; y Ciudad Victoria, de 47.5 a 56.5%. Fueron algunos de los retrocesos más importantes registrados por la ENSU para octubre 2026.

La primera conclusión debería ser de prudencia: en seguridad nadie puede considerar ganada una batalla.

La confianza tarda mucho en construirse y puede deteriorarse rápidamente. Cada llamada que no se atiende, cada abuso, cada patrulla que no llega o cada delito que modifica la vida cotidiana de una comunidad termina formando parte de la evaluación ciudadana.

Por eso me parece importante insistir en algo: la confianza policial no es, fundamentalmente, un problema de comunicación. La comunicación importa, por supuesto. Hay que explicar resultados, informar y transparentar. Pero ninguna campaña puede sostener durante mucho tiempo una percepción que la experiencia cotidiana contradice.

La confianza es, antes que nada, resultado de actuación.

Se construye cuando alguien llama y obtiene respuesta; cuando existe presencia territorial; cuando el policía conoce su cuadrante; cuando un reporte tiene seguimiento; cuando los mandos supervisan y cuando una mala actuación tiene consecuencias.

Y ahí aparece otro elemento esencial: el liderazgo. Las corporaciones no cambian solamente porque reciben más patrullas, cámaras o presupuesto. Cambian cuando sus mandos consiguen convertir esos recursos en una forma consistente de trabajar, establecen prioridades, supervisan, respaldan al buen policía y corrigen aquello que no funciona.

Eso explica también por qué ningún resultado debería darse por sentado. Lo que hoy mejora puede retroceder mañana si se relajan los controles, cambia el liderazgo o se pierde continuidad.

Por eso vale la pena estudiar tanto a quienes avanzan como a quienes retroceden. No para repartir reconocimientos o culpas, sino para entender qué decisiones producen resultados y cuáles permiten perderlos.

México necesita mejores diagnósticos sobre sus policías, pero también necesita documentar las prácticas que sí funcionan.

Porque la noticia no es que alguna corporación haya ganado definitivamente la confianza de la gente.

La noticia es mucho más útil: los datos demuestran que se puede recuperar. Y también nos recuerdan que todos los días existe el riesgo de volver a perderla.

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