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La presidenta y el pensamiento mágico

Cada mañana, la presidenta Sheinbaum intenta transmitir, disciplinada y religiosamente, algunas sentencias, deseos y escenarios que rondan el pensamiento mágico. Muy al margen de su presunta formación científica, la mandataria espera que diciendo, por ejemplo, “queda descartada la intervención militar de EU en nuestro país”, esta quede inmediatamente conjurada.

A fuerza de repetir cosas como esta, espera que la gente y los medios terminen por creerlas. La fe en la propaganda es congénita en la izquierda de la que ella procede. Y llegada al poder no ha podido dejar atrás el hábito de resumir todo de la forma más maniquea posible, a fin de que el pueblo (antes eran “las masas”) logre entender el mensaje revolucionario; por eso su discurso favorito siempre se parece a un relato bíblico que exalta la lucha entre el bien y el mal.

Por cierto, la prensa libre está en el campo del mal o al menos en el de la herejía. Al poner en duda que todo está “bien” con el gobierno de Trump, como Sheinbaum ha declarado, evidentemente se coloca del lado de la oposición que desea “que Estados Unidos intervenga” o que el gobierno de Morena fracase. Y eso le molesta profundamente a la Jefa del Ejecutivo, haciéndola perder toda la “serenidad y paciencia” (Kalimán dixit) de la que ha hecho gala con Trump.

Su voluntarismo es desde luego secundado por el canciller Juan Ramón de la Fuente, quien también es dado a decir que todo va de maravilla con la Casa Blanca (aunque luego nos enteremos que el secretario de Estado de EU, Marco Rubio, le exigió más cosas de las que él reconoce).

En fin, que con la llamada telefónica del lunes todo fue, según el oficialismo, miel sobre hojuelas; pero ya el martes (13 para colmo) “Mr. Arancel” advirtió que “ni siquiera piensa en el T-MEC”. Supongo que la presidenta nos dirá, en otra muestra de wishful thinking, que “es su forma de hablar” y que el T-MEC no corre ningún riesgo. Y se volverá una vez más contra la prensa, que simplemente hace su trabajo y pregunta lo que es necesario preguntar.

Si la presidenta dejara a un lado sus prejuicios frente a los medios y sus críticos,  vería que en realidad no es tanto que no le crean a ella,  sino que en definitiva no le creen a Trump. ¿O es que ella, gracias a su forma mágica de pensar, sí le cree?