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La reliquia

Pemex nació de un acto colectivo que hoy parecería la parábola del monte. Cuando Cárdenas decretó la expropiación petrolera, no se era a sólo una decisión de Estado, fue un acto de justicia a la patria. Los mexicanos recuperamos lo que era “nuestro”. La promesa ilusoria de un mejor futuro. Este acto de patriotismo convirtió al entonces presidente en el Tata de la nación que sobriamente cumplía sus promesas. Pemex fue durante décadas el símbolo de que México podía pararse derecho ante el mundo.

Con los años, la voracidad y la corrupción, Pemex se volvió en un gigante politizado, saqueado con disciplina y defendido con una narrativa épica, hoy agotada. Y con sus (anti) valores recalcados en la Transformación, se convirtió (como antes) en el santo salvador de toda catástrofe económica. Se habló de rescate, de soberanía, de amor patrio. Se le inyectaron recursos como quien le pone insulina a un diabético que pecó con un postre. El huachicol que iba a terminarse por el dedo moral, se convirtió en el futuro de unos cuantos adheridos al primer círculo de poder nacional. Se usaron otros adjetivos en el discurso. Ya no se llamaban “robo” ni “saqueo”. Se convirtieron en justicia histórica y retribución social.

En ese mismo tono se justificó el envío de petróleo a Cuba. Como gesto humanitario y, ahora en su más reciente versión, como estrategia comercial de “apenitas” el 1% de venta. Un país quebrado sosteniendo a otro más quebrado todavía, como dos marginales hambrientos intercambiando comida podrida.

Pemex asumió el costo, la Transformación asumió la virtud y nadie asumió la factura. Porque en esta lógica, perder dinero es solidaridad y endeudarse es una prueba de convicción patriótica. Hoy Pemex es la petrolera más endeudada del mundo y también la más intocable.

No produce lo que debería, pero se le defiende con un discurso antiguo. Es un símbolo, a su vez convertido en coartada. Y cuando la Nueva Líder heredó el gobierno, también heredó el relato y su enorme deuda. Tiene que defender a Pemex aunque la lastime. Tiene que sostener una narrativa que financieramente la asfixia. Tiene que explicar por qué algo que no da resultados sigue siendo sagrado.

La tragedia no es que Pemex esté tan mal. Es que no se pueda hablar sin terminar siendo acusado de adversario mezquino. “Nuestro” petróleo, que alguna vez fue “nuestro” futuro, hoy es ese milagro mal administrado. Que el Tata en turno lo volviera una deuda impagable. Que en nombre de una soberanía mal entendida veneremos una ruina como si fuera herencia, cuando en realidad es una hipoteca renegociada diez mil veces.

Y en vez de explotar nuevas fuentes de ingreso, energías distintas o construir menos dependencias del subsuelo, seguimos aferrados al rollo de la soberanía y a la foto en sepia del Tata. Como si hacer una novena bastara para que funcione.

Se invoca al Líder como se invoca a un santo para resolver los dolores. El petróleo dejó de ser motor para convertirse en pretexto. Y bajo ese discurso paternalista de que Pemex es de todos, está la verdad menos patriótica. Que los dueños son los que lo administran y lo sangran desde el altar de oro falso donde está. Mientras tanto, México le sigue orando devotamente a la agotada reliquia, para que vuelva a “obrar” el milagrito…