Su fe en Alá no los hace compasivos sino, al contrario, intransigentes y feroces. La teocracia de los ayatolas de Irán no se ha tocado el corazón para ordenar el asesinato masivo de manifestantes. El propio régimen reconoce más de 3 mil muertes. Organizaciones de la sociedad civil sostienen que son muchas más. Hay decenas de miles de detenidos. El gobierno cortó internet para impedir la comunicación entre los ciudadanos y para que no se difundiera su barbarie.
Quienes han participado en las protestas, desafiando la brutal represión, están hartos de la situación económica, sí, pero no sólo: están hartos también de un régimen en el que la pena de muerte se aplica incluso para conductas que en las sociedades occidentales ni siquiera se consideran delictivas –el adulterio, las relaciones homosexuales, el consumo de bebidas alcohólicas, la apostasía–, en el que están severamente restringidos los derechos a la libertad de expresión, de asociación y de reunión pacífica, en el que se persigue a las minorías étnicas y religiosas, en el que proliferan las detenciones arbitrarias, las farsas de juicio, las desapariciones forzadas, la tortura, y las penas bárbaras como la flagelación, la amputación, la crucifixión y la lapidación. Sólo en los primeros nueve meses de 2025 Amnistía Internacional reportó más de mil ejecuciones.
Mención aparte amerita la situación de las mujeres. Desde que cumplen 13 años su padre puede obtener permiso judicial para casarlas a la fuerza. Se obstaculiza su ingreso a las universidades. Se restringe su libertad de circulación. Se les obliga a asistir a clases de moral. Se les privó de los derechos al divorcio y a la custodia de sus hijos. En las herencias les corresponde la mitad de lo que recibirían si fuesen hombres. Requieren de permiso del padre o del marido para estudiar, trabajar o viajar. Tienen prohibido manifestarse públicamente. El testimonio de un hombre equivale al de dos mujeres. Varias defensoras de los derechos humanos han sido ejecutadas. En 2014 una niña, Raziel Ebrahimi, fue condenada a muerte por matar a su esposo en legítima defensa.
Las mujeres están obligadas a cubrir su cabeza con un velo. La policía religiosa las espía para verificar que lo lleven correctamente puesto. En 2022, Mahsa Amini fue asesinada en los separos policiacos después de ser detenida por no llevar el velo colocado como es debido según los espías policiacos. En 2024, Roya Heshmati recibió 74 latigazos por no cubrirse la cabeza. Los ataques con ácido, la violencia familiar y las violaciones dentro del matrimonio son frecuentes y suelen quedar impunes.
El régimen impide la entrada al país del Consejo de Derechos Humanos de la ONU y de la Misión Internacional Independiente de Investigación sobre Irán: tiene mucho que ocultar. Los ayatolas apoyan a Hamás, a Hezbolá y a otros grupos palestinos armados. Han proporcionado drones y misiles balísticos a Rusia para sus ataques contra Ucrania.
La teocracia iraní está demostrando que es capaz de todas las atrocidades por conservarse en el poder. En nombre de Alá. La comunidad internacional observa impasible o impotente.
