“El camino a seguir requiere de una política arraigada no en un ethos de poder centralizado ni en un espíritu de individualismo radical sino en el respeto por el potencial de una subsidiaridad moderna y de la sociedad civil”, Yuval Levin, The Fractured Republic, Basic Books, 2016.
El marco conceptual de The Fractured Republic, de Yuval Levin, ofrece una lente analítica precisa para entender la actual deriva hacia la centralización del poder en México y en otros países. Su tesis central sobre la nostalgia política, la concentración del poder del Estado y la erosión de las instituciones intermedias, que sirven de amortiguadores sociales, ayuda a explicar la regresión del sistema político mexicano.
La cuarta transformación no se conformó con asaltar el imperio de la ley y destruir con ello el equilibrio y la relación entre los poderes constitucionales. También desmanteló las capas intermedias de la sociedad (públicas, privadas o sociales) que actúan entre el individuo y el Estado para privilegiar una relación directa entre el Ejecutivo federal y el pueblo. Nostálgica, emprendió el camino de centralizar el poder, regresando al presidencialismo imperial, al partido hegemónico. Para lograrlo recurrió a dinamitar todo lo que estorbaba entre el líder y el pueblo.
Lanzó tres estrategias simultáneas. La primera, contra las estructuras funcionales de la democracia, creadas durante 30 años para fortalecer el equilibrio de poderes. Su eliminación se fundamentó en que eran burocracias caras, propias de gobiernos neoliberales, que interferían en las políticas monolíticas de Estado. Se cancelaron organismos constitucionales autónomos, comisiones e institutos, organismos de evaluación, se debilitó la rendición de cuentas y la fiscalización, y se estableció una relación directa y clientelar con los ciudadanos.
La segunda, fue contra instituciones de la sociedad civil. Una democracia no vive solo de leyes, sino de cuerpos vivos de ciudadanos: la prensa libre, las universidades autónomas, la ciencia independiente, la empresa, el sindicato libre, las ONG, las iglesias, los gremios profesionales. Como estas instituciones gozaban de independencia y autonomía, se consideran antagónicas a la autocracia. Necesario era cooptarlas, destruirlas o limitarlas. El mensaje es claro: fuera del Estado no hay salvación, y contra éste tampoco. Es la asfixia de la sociedad civil. El ciudadano queda desamparado frente al Leviatán.
La tercera es el ataque al federalismo y con ello al pacto de unión y reparto de poderes. Cada vez más nuestra república federal, con sus tres niveles de gobierno, Federación, estados y municipios, se asemeja más a una república unitaria con un solo nivel de gobierno, federal y monolítico. Ahora, el Poder Ejecutivo impone sus decisiones de manera directas o a través del Poder Legislativo, el cual controla, sobre las entidades federativas. Con ello se destruye el pacto federal y el contrato social que lo apoya. El regreso al presidencialismo imperial exige controlar participaciones federales, gasto federalizado, seguridad pública, salud y educación. Los gobernadores constitucionales cada vez representan menos a sus estados frente a la Federación y más a la Federación frente a sus estados, soberanía local de por medio.
Levin nos deja una cura posible, que es también nuestra esperanza. Una república fracturada no se repara con otro mesías nacional que venga desde arriba con otra nostalgia. Se repara de abajo hacia arriba, fortaleciendo lo intermedio, lo local, lo subsidiario. La batalla por México no se dará en Palacio Nacional. La darán los ciudadanos en cada instituto electoral que resista, en cada juez que diga no, en cada universidad que alce la voz, en cada estado que exija su lugar en el pacto federal. Ahí es donde se defiende la República.
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