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Las grietas de un modelo

Dos son los asuntos donde los gobiernos de Morena parecían haber sido eficaces: la recaudación fiscal y la propaganda. El dato es incómodo pero contundente: los ingresos públicos registran debilitamiento y la narrativa oficial ya exhibe fracturas y limitaciones.

La disciplina fiscal sin reforma tributaria -para evadir costos políticos- está resultando insuficiente. Sin crecimiento económico, con descensos en el consumo, inflación en aumento, alta informalidad laboral, inversión menguante y escenario internacional conflictivo, el panorama económico se suma a las variables que ya no logran ser contenidas con mañaneras presidenciales. Alimentar la polarización como mecanismo para cohesionar a sus bases sociales está sobreexplotando las capacidades del aparato propagandístico guinda.

La realidad está rebasando al discurso. La propaganda no sustituye a la recaudación y los paliativos, los programas sociales, se revelan limitados. La credibilidad de la presidenta se va erosionando de manera sostenida. Lo confirma la pérdida en menos de un año, de alrededor de 15 puntos porcentuales en los sondeos de opinión.

La brecha entre discurso y datos se vuelve cada día más difícil de disimular. A la lista de dificultades económicas que las mañaneras no logran esconder se agregan y confunden eventos serios y banales: el errático proceso para esa incomprensible reforma electoral; las versiones contradictorias sobre “la presencia de petróleo” en el golfo de México, o el incendio y posible fuga de gas en Dos Bocas; el bochornoso episodio de las piernas en Palacio Nacional y la manipulación del fotografías del AIFA; el insensible manejo de las cifras sobre desapariciones y las vergonzosas reacciones al informe del comité especializado de la ONU, entre los más recientes.

La apuesta de Sheinbaum por concentrar el poder refleja una lógica política clara: controlar la agenda, adueñarse de la interpretación de los hechos y reducir críticas y contrapesos. Pero convertirse en la voz central y pretender sustituir la pluralidad del país, genera una mayor expectativa de responsabilidad que ella no da señales de querer asumir. Obligarse a opinar de todo, responder por todo, justificarse por todo y, simultáneamente, evadir hacerse cargo, se convierte en su marca de gobierno. Esa sobreexposición está vulnerando a la figura presidencial y exhibiendo ineptitudes y traiciones políticas. Con menos recursos y más engaños solo aumentarán las afectaciones a la calidad de los servicios públicos y al “bienestar” general de la población.

Ojalá las evidencias tengan consecuencias. Ojalá la presidenta reconozca el desgaste de ese modelo de gobierno y pueda corregir el rumbo. Ojalá la responsabilidad institucional, la rendición de cuentas y el respeto a la pluralidad aparezcan. No solo su propia gestión se beneficiaría.

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