México lleva años, si no décadas, atrapado en una narrativa de trincheras. Chairos contra fifís, pueblo contra élites, derecha contra izquierda. Hemos normalizado palabras como si fueran categorías políticas y no insultos: chairo, morenaco, croquetero, fachos, conservadores. Mientras nosotros discutimos identidades, alguien más capitaliza la división.
Morena entendió algo antes que todos: una sociedad polarizada es una sociedad fácil de dirigir. Cuando el ciudadano está ocupado peleando con su vecino, no está vigilando al poder. Cuando el debate se convierte en burla, el proceso democrático se vacía de sustancia.
El discurso fue poderoso. "Primero los pobres". ¿Quién podría estar en contra de eso? El problema nunca fue la frase, fue la distancia entre la poesía y la política pública. Se ampliaron derechos laborales y se elevó el salario mínimo. Eso es cierto. Pero también se desmantelaron contrapesos, se debilitó la transparencia y se erosionaron instituciones esenciales como la evaluación independiente de la política social.
Morena engañó a millones. Enojarnos con quienes creyeron en ellos sería como culpar a la víctima de un fraude. El enojo puede ser motor, pero sin dirección termina sirviendo a quien lo provoca. Si lo usamos para insultar, sólo alimentamos la narrativa que nos divide.
Hablo desde el privilegio. Estudié en universidad privada, tengo acceso a espacios de decisión, puedo escribir y ser publicada. Ese privilegio me da una responsabilidad que no puedo ignorar y me empuja a no limitarme a sostener el sistema que me dio ventaja, sino cuestionarlo y mejorarlo en favor de lo colectivo. Puedo permitirme ser crítica sin que me cueste la beca, el trabajo, o el programa del que depende mi familia. Ese privilegio viene con una obligación moral.
No necesitamos un mesías que rescate al país. Necesitamos ciudadanos que asuman la parte que les toca en la esfera pública. Y esa parte no es igual para todos: a mayor privilegio, mayor responsabilidad. Eso implica reconocer aciertos incluso del adversario, rechazar el lenguaje de odio, y entender que no todos parten del mismo lugar.
Porque la división no es un accidente: es una estrategia que exige una respuesta igual de estratégica, construida desde lo que nos une.
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