La visita del papa León XIV a Turquía –primera gira internacional que incluirá Líbano– es una muestra clara de lo que podemos esperar del nuevo obispo de Roma en el ámbito global.
Durante esta visita me llamó profundamente la atención que a ratos me recordaba a Juan Pablo II; en otros a Benedicto XVI y en distintas ocasiones al papa Francisco.
Observo en el papa León XIV esa afable sonrisa, emoción y cercanía del pontífice polaco; la timidez y discreta seriedad del papa alemán y la frescura del argentino.
Su Santidad León XIV tiene, además, un manejo sumamente claro, transparente de las cosas y así se muestra. Desde un principio el Vaticano subrayó que esta no era una visita de Estado, sino una visita pastoral con el fin central de conmemorar el 1700º aniversario del Primer Concilio de Nicea. El papa sabe que el presidente turco Erdogan es un personaje de “luces y sombras” en la conflictividad regional y global. Aun así, el discurso papal fue cálido y no dejó de subrayar la importancia geopolítica de Turquía: “Señor presidente, que Turquía sea un factor de estabilidad y acercamiento entre los pueblos, al servicio de una paz justa y duradera. La visita a Turquía de cuatro papas (San Paulo VI, San Juan Pablo II, Benedicto XIV y Francisco) atestigua que la Santa Sede desea cooperar en la construcción de un mundo mejor con la aportación de este país, que constituye un puente entre oriente y occidente, entre Asia y Europa, y una encrucijada de culturas y religiones”.
Una de las preocupaciones de la Iglesia católica es la situación (en algunos casos muy graves como en África) de las comunidades cristianas en países de mayoría musulmana o de otros credos. La comunidad católica en Turquía es apenas de 35 mil fieles.
Al respecto, el sumo pontífice subrayó, tanto en la visita a la Catedral del Espíritu Santo como en la misa con la comunidad católica el mensaje de aliento ante esa situación de minoría. “Esta lógica de la pequeñez es la verdadera fuerza de la Iglesia”, les dice León XIV, quien parafraseando al papa Francisco recordó: “En una comunidad cristiana donde los fieles, los sacerdotes, los obispos, no toman este camino de la pequeñez, no hay futuro”.
Durante el encuentro de León XIV con el patriarca de la Iglesia Ortodoxa Bartolomeo I y con diversos líderes de iglesias y comunidades cristianas turcas, se refrendaron los esfuerzos de sus antecesores por proseguir el camino del ecumenismo en favor no sólo de la unidad de las iglesias cristianas, sino también como factor de paz en regiones de profunda conflictividad violenta. Al respecto, la declaración conjunta entre ambos líderes religiosos no pudo ser más clara y contundente: “…rechazamos cualquier uso de la religión y del nombre de Dios para justificar la violencia. Creemos que el auténtico diálogo interreligioso, lejos de ser causa de sincretismo y confusión, es esencial para la coexistencia de pueblos de distintas tradiciones y culturas”.

Si bien esta visita a Turquía no tenía como objetivo central el diálogo interreligioso (que la Iglesia promueve en otros escenarios) el pontífice visitó la histórica Mezquita Sultán Ahmed, conocida mundialmente como la Mezquita Azul. El papa se descalzó –como marca la tradición musulmana– y con absoluta cortesía declinó amablemente la invitación del muecín Askin Musa Tunca a orar en ese templo. León XIV recorrió la mezquita en silencio, admirando su belleza y con profundo respeto por el lugar. Sus antecesores sí oraron en esa mezquita. El Vaticano no ha comentado nada al respecto. No dudo que en un contexto de profunda tensión geopolítica en la región, el papa haya optado por una presencia institucional y así evitar erráticas interpretaciones a su visita a Turquía.
Siempre ha rondado en la cabeza del que suscribe la inquietud por entender la complejidad de la labor papal. Estoy convencido de que debe ser sumamente difícil y estresante la toma de decisiones de quien encabeza el liderazgo espiritual de millones de fieles católicos y cuya voz incide, tanto en su feligresía, como en quienes no son creyentes, en quienes pertenecen a otros credos y en gobiernos de todo el mundo, sea en tiempos de paz o sea en tiempos de guerra.
Esta visita a Turquía me mostró un papa sereno y claro, que no busca decirle a cada auditorio lo que éste quiere oír. Un pontífice sencillo pero firme, que sabe decir no. Un obispo de Roma afable con un magnífico manejo diplomático. Creo que tenemos un Papa “todoterreno”. Ojalá que así sea, no sólo por el bien de la Iglesia católica, sino por las aportaciones que éste pueda brindar a un mundo profundamente confuso y conflictivo. Que así sea.
