A Alessandra Rojo de la Vega, con mi admiración y mi solidaridad.
La escena es cómica, grotesca. Mal actor, el pequeño Marx, destituido de la Dirección de Materiales Educativos de la Secretaría de Educación Pública (SEP), desconoce su destitución, llama corrupto a Mario Delgado, titular de la secretaría, se atrinchera en las instalaciones de la dirección, hace un llamado a los maestros a que lo apoyen y ofrece sus muñecas a policías auxiliares clamando que lo esposen y sea desalojado por la fuerza “un obradorista autor de los libros de texto gratuitos de educación básica”.
Al funcionario que le ha notificado su cese le pide que voltee a la cámara para que la Historia con mayúscula registre quién se atrevió a echarlo. Acusa que su cese es por el “crimen” de hacer esos libros e invoca al jefe supremo, al gran timonel: con su despido –asegura– hay una traición al expresidente Andrés Manuel López Obrador, quien se los encomendó.
La verdadera traición es la de los gobiernos de la 4T a la infancia y la adolescencia mexicanas. Los expertos han señalado, identificándolos con precisión, los numerosos errores de los bodrios elaborados bajo la conducción de Marx Arriaga, así como su carga de adoctrinamiento, el despropósito de suprimir asignaturas tan importantes como Matemáticas, Lengua Española, Física, Biología, Formación Cívica y Ética, Historia y Geografía; han descubierto párrafos copiados letra por letra a documentos de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) –¡gracias, Guillermo Sheridan!–, y han alertado de que con el nuevo modelo se pierde el dominio del razonamiento lógico-deductivo y la enseñanza de la correcta lectura y la correcta escritura del español. Esos textos, además, son contrailustrados: se equipara la ciencia con los saberes populares y ancestrales, y se abomina de los méritos y la libertad individuales.
En el Libro sin recetas para la maestra y el maestro se hace apología del crimen. El asesinato de Eugenio Garza Sada no se denomina como tal, sino se habla de “la pérdida de vida” del empresario regiomontano, su chofer y dos elementos del comando guerrillero. En el texto no se dice que a Garza Sada se le intentó secuestrar –ese fue el origen de la tragedia–, sino que se le intentó “retener”. La ejecución del joven empresario tapatío Fernando Aranguren –tenía 37 años–, al que se tenía secuestrado y cuyo cadáver tenía huellas de tortura, se justifica con el señalamiento de que al negarse el gobierno a cumplir con las exigencias de los guerrilleros para liberarlo “se cancelaron todas las opciones” y se le “ajustició”. ¿Se cancelaron todas las opciones? ¿Es que sus secuestradores no tenían más opción que torturarlo y asesinarlo? La acción armada de los guerrilleros –sostiene el Libro sin recetas– “sigue ahí como un murmullo que nos despierta por las noches y nos ayuda a corregir el rumbo”. ¿El recuerdo de los secuestros y las ejecuciones nos ayuda a corregir el rumbo? ¡Agggh!
Se busca adoctrinar a los adolescentes con un libro de texto único para secundaria a fin de que se haga realidad el delirio de Marx Arriaga: imponer a los muchachos y sus maestros un catecismo en el que se fomenten no ideales de justicia, libertad y progreso, sino dogmas rancios cuya puesta en práctica ha sido una catástrofe: rencor social, resentimiento, intolerancia, y supersticiosos prejuicios contra la ciencia, el pluralismo y los méritos individuales.
Los libros se elaboraron en la clandestinidad para eludir los cuestionamientos y la participación plural de expertos y profesores fuera del círculo elegido por Arriaga, quien se auxilió de pedagogos que comparten su inepcia, su fanatismo, su aversión a la libertad individual y a lo que denominan ciencia neoliberal, que les parece indeseable legado del “imperialismo europeo” (sic). Entre ellos jugó un papel preponderante Sady Loayza, quien colaboró con la dictadura chavista.
Tales libros no serán sustituidos, asegura la presidenta. Cuando se mezclan la inepcia y el fanatismo, el resultado es un coctel indigerible.
