“México 86. México 86. El mundo unido por un balón…”
Y había fiesta todos los días. Literalmente. Bajaban gente a bailar en los semáforos. Sonaba el "Chiquitibum" en cada esquina mientras medio país se convencía de que los chilangos seguíamos vivos.
Uno de los puntos de encuentro era El Perro Andaluz, en la Zona Rosa. Todo olía a cerveza tibia, cigarro y optimismo obligatorio. Repetíamos la bailada, sin demasiada gracia, de aquella escena inmortal del comercial de Carta Blanca. El país entero parecía actuar en un anuncio publicitario mientras todavía sacaban cuerpos de los derrumbes.
Habían pasado apenas ocho meses del terremoto del 85.
Vivíamos en una ciudad rota. Física y moralmente. Había miles de desaparecidos y jamás supimos la cifra real. Yo tenía 16 años y todavía veía las caras de amigas mías muertas haciendo un examen extraordinario en el Instituto Cultural. Los amigos de mis papás encontrados apenas a unos pasos de la puerta de su casa. Parte de mi familia política, en el edificio de Súper Leche.
Y aun así, el Azteca rugía.
Cuando Miguel de la Madrid apareció para inaugurar el Mundial, el estadio lo recibió como si la rechifla pudiera anestesiar el desastre. Afuera seguían las grietas. Adentro sonaban las mentadas. Nació la Ola Verde como respuesta a la tristeza.
“La solución somos todos”, repetía la campaña oficial, mientras el gobierno intentaba administrar simultáneamente la tragedia, la inflación, la corrupción y la pérdida total de credibilidad.
Porque ese gobierno también nació en la opacidad. De la Madrid había derrotado a la mala en la candidatura priista a Javier García Paniagua, hijo del general Marcelino García Barragán. La política mexicana tiene estos orgullosos nepotismos interminables. Décadas después, el hijo del enojado priista desplazado regresaría convertido en uno de los hombres más poderosos del país, Omar García Harfuch. En México los apellidos nunca terminan de irse.
De la Madrid había llegado al poder prometiendo una “Renovación Moral de la Sociedad”, frase exagerada que en México anunció exactamente lo contrario. Prometió castigar corruptos. Habló de nacionalismo revolucionario. De modernización. De rescate económico. Cuando en realidad, el país se venía abajo.
La inflación alcanzó niveles delirantes. La deuda devoraba al Estado. El gobierno armaba pactos y espectáculos mediáticos mientras la oposición comenzaba a crecer entre acusaciones de fraude y hartazgo ciudadano. Ahí empezaron a asomarse figuras como Clouthier y Cuauhtémoc Cárdenas. Incluso el viejo PRI comenzaba a resquebrajarse desde adentro.
También fue el sexenio del periodista Buendía, asesinado por exhibir las conexiones entre poder y narcotráfico. El de Arturo Durazo, convertido en símbolo televisivo de la corrupción. El de un gobierno que intentaba vender autoridad moral mientras perdía el control de casi todo.
El terremoto del 85 terminó de exhibir la negligencia de un sistema lleno de funcionarios sirviéndose con la cuchara grande. El regente Ramón Aguirre le aseguró al presidente que no pasaba nada grave y De la Madrid entonces rechazó públicamente la ayuda internacional, mientras había gente atrapada bajo toneladas de concreto. Al mismo tiempo, el gobierno padecía las presiones de Reagan tras el asesinato del agente de la DEA Enrique Camarena y el crecimiento acelerado del narcotráfico en México.
Y quizás por eso la analogía incomoda tanto.
Porque cuarenta años después, otra vez tenemos un país intentando cubrir las ruinas con propaganda. Otra vez un gobierno obsesionado con slogans morales y grandes eventos montados. Otra vez la división entre “el pueblo bueno” y los enemigos del régimen. Otra vez las conferencias, los himnos, los símbolos, las lealtades personales y las campañas emocionales intentando sustituir instituciones completas.
Porque López Obrador entendió algo que De la Madrid apenas intuía. Que en México la narrativa puede ser más poderosa que la realidad y dura muchísimo tiempo más. La Suplente usa la misma lógica. Pintar, repetir, polarizar y administrar la conversación pública mientras debajo del decorado crecen la violencia, la corrupción, el miedo y el desgaste institucional.
Porque el asunto nunca ha sido el Mundial.
El problema es usar el decorado para que no miremos los escombros.
Y por si faltara algo para seguirse asombrando por esta repetición de la historia nacional, fue que durante el sexenio de De la Madrid arrancó Laguna Verde, entre cuestionamientos brutales sobre seguridad, opacidad y negligencia gubernamental. Cuarenta años después, organismos internacionales advierten de nuevo el peligro por negligencia.
Cuarenta años. Otro Mundial. Otro gobierno “moral”. Otra fiesta más sobre las ruinas.
Y ellos, también siguen siendo los mismos…
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