El caso de los mineros desaparecidos en Concordia, Sinaloa, evidencia una vez más la distancia entre el discurso triunfalista del oficialismo y las realidades locales de la seguridad en varias regiones de México. Es inconcebible la facilidad con que el crimen organizado desaparece gente en este país y la respuesta de la autoridad para lavarse las manos: “Los confundieron”. Ah, menos mal, entonces no pasa nada. Para cuando las autoridades logran localizarlos, obviamente ya son cadáveres. Los testimonios recogidos por la prensa internacional, en este caso Los Angeles Times, tienden a desmentir la versión de una confusión. De acuerdo con otros trabajadores de la zona, la delincuencia organizada ya los había amenazado para exigir que se retiren del área.
Como de costumbre, este incidente forma parte de un conjunto más amplio y brutal de acontecimientos, vale decir, la guerra de facciones del narcotráfico en Sinaloa. Desde hace más de un año, el Estado mexicano ha sido incapaz de garantizar la seguridad en el territorio del estado “libre y soberano” de Sinaloa. No se ría, estamos hablando de gobiernos, el anterior y éste, que se llenan la boca con el concepto de soberanía, pero son incapaces de garantizar la integridad en muy extensos territorios de México. El gobierno federal, para no hablar del estatal, insiste en que las cosas no están tan mal como quiere hacer creer la prensa.
La ley no existe en Sinaloa, ni siquiera la legislación arbitraria derivada de la espantosa reforma judicial. La gente vive con miedo, algunos publican su estado de indefensión, otros viven en un estado de negación ante una realidad tan violenta que ha rebasado toda forma de control. Asesinatos, secuestros, extorsiones, desapariciones y quién sabe cuántos otros delitos contra la integridad física y personal de la población siguen sucediendo de día y de noche en Sinaloa.
Es difícil imaginar que el gobierno estadounidense no aproveche esta coyuntura para presionar a su contraparte mexicana. Sinaloa es el ejemplo por excelencia de que el narcoestado fallido existe dentro del territorio nacional. He llegado a pensar que el caso de Marx Arriaga, que ocupa la atención mediática mexicana día y noche, sirve como distractor para evadir el tema de los mineros desaparecidos en Sinaloa. El problema de ignorar este asunto tan trascendental es que los mexicanos ya conocemos las consecuencias de cerrar los ojos. Años atrás se decía que el crimen organizado era un problema acotado y lejano en los pueblos serranos de México. Luego se dijo que era una molestia en algunos estados norteños. Hoy se ha vuelto una crisis nacional.
Los desaparecidos son una de las cuestiones que vuelven este país intransitable e irrespirable. No hay seguridad en las carreteras, caminos y pueblos. Conocí Concordia hace aproximadamente 25 años, cuando una compañera de la preparatoria nos invitó a visitar su pueblo a todos los compañeros del salón. Era un modesto pueblito orgullosísimo de su vocación como productor de muebles coloniales de alta calidad. Sus habitantes siempre soñaron con posicionar al pueblito como un referente turístico por su arquitectura virreinal y la capacidad artística de sus muebleros. Hoy están en la mira del mundo por una escandalosa situación de inseguridad que provoca terror en sus habitantes. Mientras tanto, la prensa nacional y la elite política viven preocupadas por Marx Arriaga y el nuevo libro de Julio Scherer. Todo México debería estar buscando a esta gente cuyo único crimen fue ir a trabajar. Uno se pregunta cuándo se perdió la sensibilidad humana para identificar lo verdaderamente importante.
