En la Transformación no sólo cargan con el peso de la narrativa oficial, la de que primero van ellos. También cargan con la obligación de tener la culpa. Cuando algo falla o se rompe, cuando la tragedia llega, ahí están siempre disponibles. El chofer. El operador. El que estaba de turno. Son los que no tienen fuero, contratos ni escolta.
Como tantas fallas antes, así fue en el accidente del Tren Interoceánico. La narrativa fue inmediata y de cajón. Se señaló al maquinista como si un tren no dependiera de protocolos, mantenimiento, sistemas, supervisión y decisiones tomadas mucho antes y “honorariamente” mucho más arriba. El gobierno respiró tranquilo. Ya “teníamos” un culpable.
Pero el expediente mostrado por un periodista cuenta otra historia. Una menos épica y mucho más incómoda. Habla de fallas acumuladas, de advertencias ignoradas, de reportes técnicos que no se atendieron, de condiciones operativas improvisadas, de presión por cumplir, de tiempos forzados, de sistemas que no estaban listos, pero se usaron de todas formas. De un proyecto que en 10 años fue incapaz de convertirse en promesa cumplida.
El maquinista aparece en el expediente como el culpable. Pero no como el origen del problema, sino como el último en recibir las consecuencias en la cadena de decisiones mal tomadas. El único al que se le va a poner cara en una conferencia de prensa. Porque cuando la “ternura” institucional (nótese el amor por los suyos) protege a los hijos del Líder Moral, se descubre la complejidad del sistema creado específicamente para acusar al que no tiene como defenderse y para exentar a los que les importan.
En México la pobreza ya no es sólo una condición económica, es también una función social. Sirve para recibir culpas ajenas. Para amortiguar errores. Para mantener intacta la narrativa de que las grandes obras fracasan sólo cuando alguien “no hizo bien su trabajo”, nunca cuando se hicieron mal desde el inicio. Los pobres les son útiles porque no responden, no demandan y porque no redactan comunicados.
El expediente de la fiscalía es cruel porque no se hizo público hasta que lo mostró un periodista. Y al hacerlo, deja en evidencia lo que nadie quiere decir en voz alta, que el accidente no fue una anomalía, sino una consecuencia. Que no fue un error humano aislado, sino un sistema empujado más allá de sus límites. Que no fue mala capacitación, fue prisa, descuido y mucha propaganda.
Pero eso no cabe en un titular transformador. Es demasiado largo, técnico y demasiado incómodo. Es más sencillo reducirlo a una historia moral con un villano claro y una lección falsa. El maquinista paga. El proyecto sigue. El discurso se salva.
Una vez más los pobres cumplen su papel de culpables, de protagonizar la narrativa. Porque el progreso reformador tiene obras nuevas, frenos de segunda y culpables viejos. Así es como la Transformación consigue seguir llamando bienestar a su propia negligencia, sin que a ninguno en el poder se le atragante la palabra…
