Guanajuato.- Hay algo inquietante en Semana Santa.
Por unos días, la violencia parece contenerse. Los homicidios bajan. Como si incluso quienes viven de hacer daño hicieran una pausa. Como si el país, por un instante, respirara distinto.
Pero ese silencio es engañoso.
Porque mientras la violencia se repliega, la muerte no.
Solo cambia de forma.
Las carreteras se llenan. Familias completas salen al mismo tiempo. Hay prisa por llegar, por descansar, por “disfrutar”. Y entonces aparece lo que ya sabemos —pero seguimos ignorando—: el cansancio, la velocidad… y el alcohol.
Y en cuestión de segundos, todo se rompe.
Un volante mal tomado. Un rebase mal calculado. Un “yo manejo, sí aguanto”.
Y después, el impacto. Después, el silencio.
Después, una llamada que nadie quiere recibir. Mientras tanto, hay quienes no se detienen.
Policías. Personal de Protección Civil. Paramédicas y paramédicos. Bomberas y bomberos.
Ellas y ellos no están de vacaciones. Están en carretera, en puntos de auxilio, en operativos que se planean durante semanas para tratar de contener lo que, año con año, se repite.
Ven lo que queda después.
Llegan primero. Atienden primero. Recogen primero.
Y a veces, también caen.
Porque cada imprudencia no solo pone en riesgo a quien la comete. Arrastra a quienes intentan salvarle. A quienes abanderan un accidente en plena madrugada. A quienes se acercan a auxiliar sin saber si el siguiente impacto será contra ellas y ellos.
Ahí está la otra cara de Semana Santa: la de quienes pagan con su vida el error de alguien más.
Desde el derecho, la obligación del Estado es clara: proteger la vida, prevenir riesgos, desplegar operativos. Y eso ocurre. Cada año hay más coordinación, más presencia, más esfuerzos.
Pero hay un límite brutal que no se puede rebasar.
No hay operativo que detenga a alguien que decide manejar bajo los efectos del alcohol.
No hay institución que sustituya el juicio que alguien ya perdió.
No hay estrategia que alcance a la necedad humana.
Y entonces queda lo más duro de aceptar: mientras los homicidios bajan, la muerte sigue encontrando camino. Como si en estos días no necesitara violencia. Como si bastara con que nosotras y nosotros mismos la acerquemos.
Porque sí, hay que decirlo sin rodeos: muchas de estas muertes no son destino. No son mala suerte. No son inevitables.
Son decisiones.
Decisiones que duran segundos… y consecuencias que duran toda la vida.
O lo que queda de ella.
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