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México, entre autonomía y alineación

En un contexto internacional polarizado, Barcelona será sede, el 17 y 18 de abril de 2026, de un encuentro que busca articular algo más que coincidencias ideológicas: una estrategia. Convocados por el presidente del gobierno de España, Pedro Sánchez, participarán la presidenta de México, Claudia Sheinbaum; el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva; el presidente de Colombia, Gustavo Petro, y el presidente de Uruguay, Yamandú Orsi, junto con una red de actores políticos y organizaciones “progresistas”. 

La reunión —denominada “Movilización Progresista Global”— retoma una iniciativa impulsada originalmente por el entonces presidente chileno Gabriel Boric y busca construir una respuesta coordinada frente al avance de fuerzas conservadoras —sobre todo en Latinoamérica, al debilitamiento del multilateralismo y la fragmentación del orden internacional.

En la agenda figuran temas previsibles —transición energética, desigualdad y regulación digital—, pero el objetivo de fondo es convertir afinidades políticas en capacidad de negociación conjunta y actuar como bloque en espacios donde se fijan reglas concretas —comercio, financiamiento, tecnología— para no llegar fragmentados a decisiones que otros terminan imponiendo. A esto se suma la intención de coordinar posturas en temas sensibles —como sanciones, gobernanza económica o autonomía regional— en los que, sin declararlo abiertamente, existen diferencias con Washington. La apuesta es aumentar el peso relativo mediante coordinación política sostenida.

Para España, la apuesta es evidente. Sánchez busca posicionarse como bisagra entre América Latina y Europa, reforzando su peso dentro de la Unión Europea y proyectándose como referente político e ideológico en el eje progresista transatlántico. Para Brasil, es una extensión natural de la estrategia de Lula de no solo reconstruir el liderazgo regional sino ejercerlo: Lula busca ordenar una agenda regional dispersa y reafirmar a Brasil como interlocutor indispensable en América Latina. Para Colombia y Uruguay, la reunión ofrece visibilidad externa y anclaje político en un momento de ajuste interno.

México busca tres cosas con su participación: recuperar presencia en la agenda regional —retomar capacidad de convocatoria e incidir en la definición de posiciones comunes, sin quedar relegado a responder a iniciativas ajenas—, no quedar opacado por el activismo de Brasil —que hoy marca el ritmo y la iniciativa en la región— y usar ese espacio para reforzar su posición política interna, es decir, proyectar liderazgo internacional y coherencia con su línea ideológica ante su base política.

Participar en ese foro también le permite recomponer su relación con España y mostrarse como un actor con voz propia en América Latina, al tiempo que envía una señal de mayor autonomía frente a Estados Unidos, sin asumir abiertamente el costo de confrontarlo.

Pero enviar una señal de autonomía en el presente contexto geopolítico tiene costos. Hoy, Estados Unidos opera bajo una lógica más explícita de esfera de influencia hemisférica —una suerte de Doctrina Monroe reactivada— en la que América es su perímetro estratégico. En ese marco, ya no basta con cooperar, se espera alineación.

Por eso, en un momento sensible —con la revisión del T-MEC en el horizonte—, la participación de México en un espacio que busca articular posiciones políticas comunes, en muchos casos distantes de Washington, puede leerse como algo más que diversificación.

Ahí está el riesgo. México busca proyectar autonomía sin confrontar, pero esa distinción no la controla. Lo que internamente refuerza una narrativa de liderazgo, externamente puede interpretarse como distanciamiento. Y en una relación que atraviesa comercio, seguridad, migración y cadenas de suministro, esa lectura se traduce en presión, condicionamientos y menor flexibilidad en los frentes donde México más depende.

Barcelona no será un parteaguas. Pero sí una señal. Y en geopolítica, las señales mal calibradas suelen tener un costo político.

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