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México, sede sin estrategia

La imagen habría sido más poderosa que cualquier cumbre: los tres mandatarios norteamericanos juntos en el Estadio Azteca durante el partido inaugural del Mundial más ambicioso de la historia. No sucederá. La presidenta Sheinbaum decidió ceder sus accesos a jóvenes mexicanas, en un gesto funcional para su discurso interno. La asistencia de Donald Trump y Mark Carney no está confirmada.

Se estima que esta edición será vista por 5 mil millones de espectadores. La oportunidad está ahí, pero la voluntad de aprovecharla no. Eso caracteriza la posición que México ha asumido frente al torneo de futbol.

El Mundial arranca oficialmente el próximo 11 de junio. Su derrama económica proyectada es de hasta 3 mil millones de dólares en las tres sedes mexicanas (FMF). Será un gran estímulo para una economía que cerró el primer trimestre con una contracción de 0.6%, en un año con expectativas de crecimiento de apenas 1.1% (Banxico).

Ningún evento internacional es la panacea, pero todos ofrecen una plataforma única para proyectar a un país y generar condiciones que sí pueden detonar el crecimiento, como obras de infraestructura o campañas de promoción turística y atracción de inversiones.

En eso, los contrastes son inevitables. La Ciudad de México, por ejemplo, priorizó su identidad gráfica sobre el desarrollo de infraestructura urbana: se decoraron puentes, camellones y mobiliario urbano con ajolotes y pintura en distintos tonos de morado. Jalisco, en cambio, es la única sede mexicana que desarrolló –en tiempo y forma– obras estratégicas que trascenderán el evento deportivo. La línea de transporte que conecta el aeropuerto con la ciudad inicia operaciones esta misma semana, junto con el estacionamiento que ofrece una solución ante la prohibición de servicios como Uber en las terminales aéreas. Se rehabilitaron vialidades y se renovaron espacios públicos.

El legado del Mundial debería medirse en su potencial para mejorar la vida cotidiana de las personas. Más allá de los criterios estéticos o políticos, es una decisión sobre qué tipo de ciudad y de país quedan después del evento.

La organización conjunta con Estados Unidos y Canadá se decidió en junio de 2018, en un mundo muy distinto al nuestro. No por ello deja de ser una plataforma estratégica para nuestra capacidad operativa coordinada en áreas como movilidad, seguridad, logística y hasta salud pública. Ante todo, un mensaje: a pesar de las resistencias, seguimos compartiendo una convicción por la integración regional.

Sin embargo, por más poderoso que pueda ser un símbolo, convertirlo en una ventaja negociadora real exige esfuerzos consistentes antes, durante y después del evento. Hoy el desenlace de la revisión del T-MEC –que avanza en paralelo– sigue siendo incierto.

El Mundial no está exento de riesgos. El reciente brote de ébola agrega una variante sanitaria que ya fue declarada emergencia de salud pública de importancia internacional por la OMS, con más de 900 casos sospechosos. El riesgo global se mantiene bajo control, aunque el organismo advierte que podrían registrarse más casos. Con millones de personas en camino a Norteamérica, reforzar nuestros protocolos es una prioridad urgente.

Además, autoridades de los tres países han emitido alertas sobre actividades como la trata de personas y el lavado de dinero. Los grandes eventos deportivos suelen amplificar esas vulnerabilidades de manera sistemática; gestionarlas adecuadamente es una responsabilidad compartida que no ha recibido suficiente atención en México.

En unos días, nuestro país volverá a estar en los ojos del mundo. Idealmente, eso debería traducirse en resultados concretos: nuevas inversiones internacionales, expansión del turismo, obras de infraestructura. Siendo realistas, todo eso exigía una estrategia que nunca llegó. Una oportunidad histórica más, perdida ante las exigencias de los intereses inmediatos de Morena.

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