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Miami sin México

La cumbre “Escudo de las Américas” que Donald Trump convocó la semana pasada en Miami buscó sentar las bases de una coalición regional contra los cárteles. Doce gobiernos latinoamericanos acudieron a discutir el intercambio de inteligencia, operaciones coordinadas, presión financiera sobre redes criminales y nuevas formas de cooperación en seguridad regional. Pero faltó un actor central: México.

Que Washington convoque una cumbre hemisférica sobre crimen organizado sin México no es un descuido diplomático. Es una señal política.

Durante tres décadas, desde el TLCAN hasta el actual T-MEC, la relación bilateral ha descansado sobre una premisa: México es un socio indispensable de Estados Unidos en América del Norte. Seguridad, comercio, migración y cadenas de valor dependen de esa interdependencia.

La cumbre de Miami apunta a algo distinto: un esquema de cooperación regional, que trasciende el ámbito de la seguridad, y en el que México ya no ocupa necesariamente un lugar central.

En Washington la paciencia con México se está agotando. La Casa Blanca cuestiona lo que considera una estrategia ineficaz y desarticulada —y a menudo más cosmética que operativa— frente a los cárteles, a los que hoy trata como una amenaza directa a su seguridad nacional. También persisten dudas sobre el grado de penetración del crimen organizado en instituciones del Estado mexicano, un factor que complica la cooperación en materia de seguridad.

A estas tensiones se suman las disputas en política energética y la incomodidad de Washington con lo que percibe como una relación ambivalente de México con China, el principal competidor estratégico de Estados Unidos. Detrás de esas fricciones se asoma además una distancia política e ideológica cada vez más evidente entre ambos gobiernos. Para una Casa Blanca enfocada en resultados y en socios claramente alineados, esa combinación empieza a consolidar una conclusión incómoda: México ya no es visto como un socio plenamente confiable ni como un país sincronizado con sus prioridades estratégicas.

Nada de esto rompe la relación bilateral. Pero sí erosiona la confianza política que durante décadas permitió administrarla como una asociación estratégica.

La cumbre de Miami es una señal de ese cambio. Al organizar una coalición regional contra el crimen organizado sin México, Washington señala un posible downgrade de la relación, que ya no está dispuesto a depender de su vecino para gestionar los principales desafíos de seguridad interna y hemisférica, y que otros países están listos para llenar roles que antes se reservaban a México.

El momento es crítico. En 2026 se revisará el T-MEC, que sostiene el mayor bloque comercial del hemisferio. Washington rara vez entra a una negociación de esta magnitud sin antes ajustar su posición política frente a sus socios.

Si la relación bilateral deja de ser estratégica y se vuelve transaccional, el costo para México se hará evidente en el comercio, en las cadenas de suministro y en la cooperación migratoria y de seguridad. En una relación transaccional, la interdependencia deja de ser un activo político y se convierte en una palanca de presión. Miami puede ser la primera señal de que Washington empieza a explorar un escenario en el que México quede marginado de su posición central.