El pasado 4 de febrero, México y Estados Unidos firmaron un plan de acción sobre minerales críticos. El acuerdo establece comercio preferencial y coordinación en cadenas de suministro para 60 materiales como litio, cobre, plata, tierras raras, grafito o manganeso. Todos insumos indispensables para baterías, semiconductores, paneles solares y tecnología de defensa.
La urgencia estadounidense por asegurar alternativas en este sector deriva de su guerra comercial con China, que domina el procesamiento industrial de dichos minerales. En diciembre de 2024, Beijing prohibió su exportación hacia EU en respuesta a las restricciones impuestas por Washington a sus microchips.
En ese contexto, México aparece como una opción natural para cubrir las necesidades de Estados Unidos: somos su principal socio comercial, producimos 25% de la plata mundial, tenemos importantes reservas de cobre, grafito, e incluso litio.
Gracias al acuerdo, ganamos acceso preferencial al mercado estadounidense, una muy buena señal a unos meses de la revisión del T-MEC. Además, nos posicionamos como un socio confiable ante Japón, Corea del Sur y la Unión Europea, que también buscan reducir su dependencia de China. Hacia adelante, podemos convertirnos en un destino atractivo para la inversión en exploración de un sector que aporta 2.5% del PIB nacional.
Sin embargo, nuestro país tiene una infraestructura limitada de refinación y exporta la mayor parte de su producción como materia prima. La diferencia entre suministrar minerales y vender componentes procesados puede ser exponencial. Extraer sin transformar implica aprovechar apenas una parte del valor de nuestras reservas. Ese es el principal riesgo para México.
Indonesia ejemplifica el caso contrario. En 2020, prohibió exportar níquel sin procesar. Las empresas extranjeras que antes compraban el mineral tuvieron que construir 15 refinerías en territorio indonesio en 18 meses. Sus exportaciones se multiplicaron por ocho en sólo cuatro años: de 4 mil millones de dólares anuales en 2020 a 33 mil millones en 2024. Australia, por su parte, está invirtiendo 23 mil millones de dólares en transformación de tierras raras con un objetivo similar: capitalizar sus vastas reservas de la mejor forma posible.
El plan bilateral habla de “cooperación técnica” y “estándares regulatorios”, pero no contempla –al menos en este momento– transferencia de tecnología, inversión en capacidades industriales, ni porcentajes mínimos de refinación nacional. Para Washington, los minerales críticos son un asunto de seguridad nacional, lo que nos posiciona como un aliado indispensable. No obstante, si nos conformamos con la extracción mientras otros capturan los réditos del procesamiento, nos convertiríamos en un proveedor cautivo con un margen de acción muy limitado.
La revisión del T-MEC ofrece un espacio para evitar ese escenario: nuestro socio necesita certidumbre en el suministro y México tiene los recursos para asegurarla. ¿Qué podemos hacer? Negociar cláusulas de contenido regional ya procesado o compromisos de compra a largo plazo, por ejemplo.
La decisión sobre qué modelo adoptar para los próximos años debe tomarse en los próximos meses. Es positivo que México participe en la cadena productiva global de minerales críticos, ahora nos toca definir en qué eslabón queremos estar.
