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Miseria de la dialéctica presidencial

La dialéctica presidencial vive sus horas más bajas. Desde luego no me refiero a la dialéctica en el sentido marxista (de la que tampoco, por cierto, da señales de entender gran cosa) sino en el más elemental y clásico: ese socrático método de argumentación y búsqueda de la verdad a través del diálogo, o, si se prefiere, “el arte de dialogar, argumentar y discutir”, según el diccionario.

Se entiende a estas alturas que la verdad y de modo especial el diálogo le tienen sin cuidado a la señora presidenta, pero sí debería interesarle la dialéctica desde la perspectiva de la construcción de sus argumentos para responder a sus opositores y críticos.

Sin embargo, comprendo las dificultades del caso. Frente a una abrumadora realidad de violencia y corrupción –de la que en buena medida su partido es responsable o directamente protagonista– así como no pocas presiones externas, los argumentos que emplea a diario, es decir, esas fórmulas simplonas heredadas de su líder y maestro, más otras que malamente se le ocurren al fragor de sus mañaneras, suelen ser, no importa que tan desgastados estén, los únicos que acuden a su mente.

El lunes, para no ir más lejos, causó perplejidad hasta entre sus propios seguidores cuando, para no profundizar en el hecho de que Diego Rivera, el alcalde de Tequila recientemente aprehendido por encabezar las extorsiones del Cártel Jalisco Nueva Generación, es miembro de su partido y que contó hasta con su apoyo (sí, el de la hoy presidenta) para arribar al cargo, concluyó rápidamente que los opositores “lo quisieron colocar ahora como que ay, es el gobierno, y es Morena, y es…, que es absurdo. Y todo es para esconder a García Luna, porque de eso no hablan nunca, no hablan nunca”.

¿García Luna? ¿Qué tiene que ver ese narcofuncionario de Calderón, efectivamente, ya preso en EU, con el alcalde de Tequila? Si hay alguna relación espero que la dé a conocer, porque sólo así tendría sentido (aunque no sé realmente para quién) “esconder a García Luna” o no querer hablar “nunca” de él.

El discurso presidencial se ha convertido en un conjunto de falacias irracionales que, más allá de si las cree o no la señora presidenta (hay quienes dicen que sí, lo que sería más alarmante), tienen cada vez menos eficacia.

Esta que ensayó el lunes es una técnica muy pobre que se conoce como la “pista falsa” (Red herring) y consiste en introducir otro tema para desviar la atención del asunto principal o que resulta incómodo. La señora presidenta, no obstante, se lució al intentar acusar precisamente de eso a sus adversarios con la obvia intención de poner la atención en otro asunto (García Luna).

Vaya cosa: ¡quieren hablar del alcalde de Tequila, un escándalo ya internacional, justo ahora que acaba de suceder y que revela cien por ciento los nexos de Morena con el crimen organizado! ¿Y para qué? Claro, ¡para no para no hablar de García Luna!

En su mentalidad propagandística esto tiene toda la lógica del mundo, pero en el terreno de la dialéctica más sencilla es una falacia sorprendente. Igualmente es una forma bastante ramplona de eso que llaman Whataboutism (¿Y qué hay de...?), que responde al asunto del alcalde que trabaja para el CJNG con un sorprendente [quieren] “esconder a García Luna” [o no quieren] hablar “nunca” de él.

Supongo que a la presidenta Claudia Sheinbaum también le resultará “absurdo” que le pregunten por la nueva alcaldesa interina de Tequila, Jalisco, la morenista Lorena Marisol Rodríguez Rivera, señalada no sólo como fan de los narcocorridos sino también como empleada del Cártel Jalisco Nueva Generación; por los mineros, los jóvenes o las familias enteras desaparecidas, o cómo la extorsión se oficializa en buena parte del país.

Dirá la señora presidenta que lo hacen para no hablar de García Luna, pero es un hecho que en buena lógica nadie tendría por qué hablar de un personaje preso, más aún cuando la mayoría de los miembros de Morena ligados al crimen organizado están libres y operando como si nada bajo el manto protector del poder político.

Mirar o pedir que se mire para otro lado es, por lo menos,  una enorme miseria dialéctica de parte de la señora presidenta.