El 5 de febrero venció el New START, el último acuerdo que ponía límites verificables a los arsenales estratégicos de Estados Unidos y Rusia. Cuando cae ese barandal, lo nuclear deja de ser un expediente “de reglas” y vuelve a ser un idioma de fuerza: amenazas, plazos cortos, señales militares.
En ese vacío, Irán reaparece como terreno de prueba. En Muscat, capital del sultanato de Omán, Washington y Teherán retomaron conversaciones indirectas sobre el enriquecimiento de uranio. Teherán ya fijó su línea roja: no renunciar a enriquecer en su territorio. Omán no dicta condiciones: presta un corredor confiable. Hospeda, transmite mensajes y permite negociar sin aparecer en la foto.
Pero esa misma mesa se ha partido en dos rumbos. El primero es el de Trump: negociación bajo sombra militar, donde acordar significa reducir y someter a verificación el enriquecimiento. Y no acordar vuelve a activar el repertorio coercitivo: el portaaviones Abraham Lincoln y el despliegue regional hablan por sí solos.
El segundo rumbo es el de Rusia: Putin, en un intento de recuperar centralidad diplomática se ha insertado en el mismo canal omaní, con soluciones técnicas que también son tutelas. Moscú ha reiterado que sigue sobre la mesa trasladar fuera de Irán parte del uranio enriquecido como pieza de un arreglo. No es altruismo. Es una manera de convertir el control nuclear en influencia: en la era post-New START, quien custodia material sensible gana palanca.
Israel, por su parte, empuja un tercer requisito, que en realidad es un veto: cualquier trato que ignore los misiles balísticos y el apoyo de Irán a sus proxys deja intacto lo que Jerusalén considera el núcleo de la amenaza. De ahí la presión de Netanyahu para que el expediente iraní no se reduzca a porcentajes de pureza, sino que incluya alcance, transferencia y redes regionales.
Hasta aquí, geopolítica. El problema es qué se blanquea cuando se llama acuerdo técnico a lo que es pacto político. En los últimos días, el régimen iraní ha profundizado la represión interna: redadas masivas, detenciones en hospitales de personas heridas en protestas, familias obligadas a pagar para recuperar cuerpos, y un apagón informativo; la ONU ya ordenó documentar la represión. Y aunque estas protestas recientes han sido lideradas sobre todo por jóvenes varones, la tecnología cotidiana del control sigue pasando por el cuerpo de las mujeres: el velo obligatorio, la vigilancia y el castigo selectivo a quien desobedece. Incluso cuando el régimen exige que la agenda se limite a lo nuclear, reafirma su soberanía en la calle sobre el cabello ajeno.
Por eso la cuestión en Muscat no es sólo si Irán enriquece al 60% o cuánto tiempo tardaría en cruzar un umbral. El problema de fondo es qué mundo nace cuando desaparecen los tratados y la negociación se vuelve regateo: un mundo donde la seguridad de Israel se discute en una mesa, el uranio en otra, y los derechos humanos —en especial la libertad de las mujeres— quedan siempre para después. Ese después es el precio humano de llamar técnico a lo político.
