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MÚSICA: Músicos en el cajón: Higinio Ruvalcaba

Montserrat Pérez-Lima

“Nunca fue a la escuela. Careció de la educación burguesa. Cuando llegaba con hambre, abría el refrigerador, sacaba un bistec crudo y lo devoraba de un bocado. Mi padre. Así era la vida cotidiana del más extraordinario violinista que este país ha tenido”. Con estas palabras, el escritor Eusebio Ruvalcaba evocaba a su padre en el texto Unas cuantas líneas para evocar a un padre muerto. Y es que Higinio Ruvalcaba no sólo fue ese hombre de apetitos “salvajes”, sino, en efecto, uno de los violinistas más deslumbrantes que ha dado México. Curiosamente, como ocurre con tantos músicos (y, para ser justos, con tantas músicas más) que terminan arrumbados en la trastienda de nuestra historia, este año su nombre ha vuelto a sonar gracias a la conmemoración del cincuentenario de su fallecimiento.  

Aprovechando la coyuntura de su aniversario luctuoso, me puse a reflexionar. Qué urgente es tener un espacio para sacudir el polvo a esas figuras de la música que, de a poco, se van quedando guardadas en los cajones hasta que el calendario nos obliga a recordarlas. Así que la idea de Músicos en el cajón no es hacer un museo de antigüedades, sino activar una memoria viva desde el presente, con la necia esperanza de que sus nombres vuelvan a circular entre nosotros con la misma naturalidad con la que nombramos a Beethoven, a Mozart, a Ponce o a Revueltas. Y qué mejor manera de empezar que asomándonos a la vida de este músico y compositor tan particular. 

Higinio Ruvalcaba Romero nació en Yahualica de González Gallo, Jalisco, el 11 de enero de 1905, y falleció en la Ciudad de México el 15 de enero de 1976. Dejó tras de sí un anecdotario inagotable y un corpus de obras musicales interesantísimo. Muchas de esas historias de primera mano fueron documentadas por su hijo Eusebio en el libro Higinio Ruvalcaba, violinista: una aproximación (editado en 2003 por el extinto CoNaCultA), una de esas joyas editoriales que hoy andan perdidas en las bibliotecas de los suertudos que alcanzaron ejemplar.

En cuanto a sus obras, varias de ellas están resguardadas desde 2001 en el Archivo de Compositores Disidentes del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, donadas por su propio hijo. Y aquí hay una ironía difícil de pasar por alto: las partituras se salvaron, sí, pero siguen sin sonar. Ahí es donde toca entrar al quite. La invitación sigue en el aire para que músicos e investigadores continúen esa talacha de rescate y no dejen que la música se quede convertida en papel muerto…

Violinista, compositor y director, Higinio parecía traer una batería extra de fábrica. Así nos lo pintan las crónicas, incluyendo las anécdotas que dejó de él Carmen Castillo Betancourt, pianista consumada y su tercera esposa. En la reconstrucción biográfica que hizo Francisco Monzón con palabras de la pianista, se relatan las hazañas de un niño que empezó “tocando” un violín de carrizos y pedazos de madera, que él mismo había construido; su precoz aprendizaje del solfeo con su padre (un violonchelista amateur); el día que, a petición de su maestro, Ignacio Camarena, pasó de tocar “a la zurda” para hacerlo como diestro; y su paso por la academia de Félix Peredo en Guadalajara. Fue ahí donde, harto de la rigidez de la escuela clásica, se puso a escribir sus propios cuartetos; tenía apenas unos 14 ó 15 años.

Cuarteto núm. 2 (1919) de Higinio Ruvalcaba
I. Presto ma Non Troppo
Interpreta el Cuarteto Carlos Chávez
https://www.youtube.com/watch?v=nQJcd0fjH0M

La vida de Ruvalcaba parece de película: desde su llegada a la Ciudad de México y su debut en la casa de Julián Carrillo (no como músico, sino como mozo), hasta su entrada al Conservatorio y la fundación del Cuarteto Ruvalcaba. Luego vendría su etapa como concertino de la Sinfónica Nacional, donde, fiel a su estilo indomable, no dudaba en exhibir los errores de los copistas o de los propios directores frente a toda la orquesta, una insolencia que le costaría ganarse la enemistad de Carlos Chávez. Por si fuera poco, durante 25 años fue el primer violín del prestigioso Cuarteto Lener (agrupación húngara a la que se unió en 1941), con el que dio giras por América y Europa, dándose el lujo hasta de aprender húngaro en el trayecto.

Las anécdotas de este hombre, que lo mismo dominaba el violín que se sentaba al piano o cambiaba al violonchelo con una soltura envidiable, no paran. Pero aquí vale la pena hacer un paréntesis para hablar de esa astuta narradora de su vida: Carmen Castillo Betancourt. "Carmela", como le decían en confianza, una pianista bien conocida en su tiempo. Nació en la Ciudad de México el 16 de julio de 1915 y falleció el 22 de diciembre de 2006 (hace casi veinte años, ya que andamos en esto de los aniversarios). El 19 de abril de 1939, debutó con la Orquesta Sinfónica de la Universidad (hoy OFUNAM), bajo la batuta de José Rocabruna, tocando el Primer concierto para piano de Beethoven. Poco después se echaría a la bolsa el Tercer concierto del mismo autor, tocando con la Sinfónica Nacional tras ganar el primer concurso anual para solistas convocado por la agrupación. Carmela se casó con Ruvalcaba en 1946, aunque desde 1941 ya trabajaban juntos y mantenían un noviazgo secreto. Tocó a dúo con él y con el Cuarteto Lener. Además, incursionó en el cine: aunque no aparece en pantalla, interpretó las intervenciones pianísticas en Señora tentación (1948), dirigida por José Díaz Morales y basada en el bolero homónimo de Agustín Lara, quien sí apareció en la cinta.

Quinteto para piano y cuerdas (1920) de Higinio Ruvalcaba
Scherzo
Interpreta el Cuarteto Lener y Carmen Castillo Betancourt
https://www.youtube.com/watch?v=FlXtCUxQKT0 

Regresando a su hijo, Eusebio —quien cambiaría las pautas por las letras— también dejó testimonio del impacto que tuvo su madre y de su particular manera de entender la música: "Crecí entre pianos. […] Me pasé horas estudiando un método de solfeo que mi madre había inventado a base de colores y figuras geométricas. También desde un principio estudié música con él. […] [Mi padre] no me corregía cuando yo tocaba el piano; tampoco me decía que lo hacía bien: pasaba de largo. Mi mamá se encargaba de eso, de los corajes y de educarnos, porque había sido educada para eso. Sus manos hablaban por ella”.

A veces nos conformamos con ver sólo el fruto, ignorando las ramas y las raíces del árbol. Pero este ejemplo nos recuerda que existe otro tipo de mirada, una que nos conecta con esos “otros”. Así que, con esta evocación, mi mayor deseo no es únicamente sacar a estos personajes del cajón para que tomen aire, sino invitar a que su música suene. Y si ya suena, que lo haga un poquito más fuerte, pero, sobre todo, que nos demos el tiempo de escucharla.  

Danza gitana (1922) de Higinio Ruvalcaba
Interpreta Higinio Ruvalcaba y Carmen Castillo Betancourt
https://www.youtube.com/watch?v=5CQQI7YIUQ8

*Montserrat Pérez-Lima. Musicóloga por el Conservatorio Nacional de Música, maestra en Comunicación por la UNAM y maestrante en la Facultad de Música. Es autora de artículos sobre música mexicana y ha impartido ponencias en México, Cuba y España. Escribe notas al programa para diferentes orquestas del país.
@MontseLima_

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