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Organismo de Energía Atómica asegura que Irán mantiene reservas de uranio enriquecido al 60%

Desmiente narrativa de “desmantelamiento total” de Irán y exhibe fragilidad del argumento bélico de Trump

Lejos de la versión que aseguraba que las instalaciones nucleares iraníes habían sido “obliteradas” o desmanteladas por completo, el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) confirmó que Teherán no trasladó sus reservas de uranio enriquecido al 60% tras el inicio de los bombardeos, y que ese material sigue almacenado principalmente en el complejo subterráneo de Isfahán, con una fracción menor en Natanz.

La confirmación, expuesta por el director general del OIEA, Rafael Grossi, golpea de frente el corazón del discurso de guerra impulsado desde Washington.

Trump sostuvo después de los ataques de junio de 2025 que las principales instalaciones nucleares iraníes habían sido destruidas y que la capacidad atómica del régimen había quedado anulada.

Sin embargo, el propio organismo de supervisión nuclear de Naciones Unidas ha sostenido que, aunque los ataques dañaron instalaciones clave, no eliminaron el material nuclear ya acumulado ni cerraron de forma definitiva la capacidad técnica iraní.

De acuerdo con la información disponible, el OIEA estima que Irán tenía al comienzo de los ataques alrededor de 440.9 kilogramos de uranio enriquecido hasta 60%, una cantidad extremadamente sensible desde el punto de vista de la no proliferación.

Grossi señaló que una porción relevante de ese material seguía bajo resguardo en Isfahán hasta la última inspección, lo que confirma que los bombardeos no significaron la desaparición del inventario estratégico iraní.

El dato es crucial porque exhibe una contradicción central en el argumento bélico: si el uranio enriquecido no fue destruido ni retirado, y si persisten dudas sobre la capacidad de Irán para reanudar actividades de enriquecimiento en otros espacios, entonces la operación militar no produjo el efecto definitivo que Trump presentó ante la opinión pública.

Además, que el OIEA ha advertido que, aun después de los ataques, Irán podría retomar el enriquecimiento de uranio en una escala más limitada en cuestión de meses.

A ello se suma otro elemento inquietante: la falta de acceso pleno de los inspectores internacionales a ciertos sitios iraníes tras el inicio del conflicto.

Aunque Irán notificó en junio de 2025 la existencia de una nueva instalación subterránea en Isfahán destinada al enriquecimiento de uranio, la ausencia de inspecciones directas impide determinar con precisión la función exacta de ese espacio, así como verificar el alcance real de los daños sufridos por el programa nuclear. Esa opacidad, lejos de fortalecer la tesis de una victoria militar concluyente, refuerza la incertidumbre estratégica que dejó la ofensiva.

En paralelo, Grossi insistió en que el almacenamiento de uranio enriquecido es una responsabilidad internacional que exige rendición de cuentas, justamente por las implicaciones que tiene para la seguridad global.

Su posición no respalda la idea de que el problema quedó resuelto por la vía militar; al contrario, remarca que el control del material nuclear sigue siendo indispensable para evitar desvíos y riesgos mayores.

La propia evolución de los hechos en territorio iraní termina por cuestionar la lógica de la guerra. Esta semana, el OIEA informó que un proyectil impactó cerca de la central nuclear de Bushehr, la única planta nuclear operativa del país, sin causar daños materiales ni heridos.

Aunque la integridad de la instalación no fue comprometida, el episodio encendió nuevas alarmas sobre los peligros de una confrontación armada en las inmediaciones de infraestructura atómica. Grossi llamó a ejercer la máxima contención para evitar un accidente de consecuencias potencialmente catastróficas.

En ese marco, la justificación de la guerra pierde todavía más sustento. Si el supuesto objetivo era impedir de manera irreversible que Irán conservara capacidad nuclear sensible, los hechos indican que ni el uranio enriquecido desapareció, ni la supervisión internacional logró restablecerse plenamente, ni el riesgo atómico disminuyó de forma concluyente.

También resulta revelador que, según declaraciones del canciller iraní Abás Araqchí, antes de la guerra existía un entendimiento con Washington para avanzar en la dilución o entrega del material enriquecido como parte de una negociación más amplia.

Ese antecedente sugiere que había una ruta diplomática en curso, hoy trastocada por la confrontación armada. En otras palabras, la guerra no sólo no extinguió el problema, sino que interrumpió mecanismos que, al menos en teoría, podían encauzarlo por la vía de la verificación y el acuerdo.

El organismo internacional no ha presentado pruebas directas de que Teherán esté fabricando un arma atómica en la actualidad, y sostiene que los proyectos estructurados con fines militares fueron abandonados alrededor de 2009. Lo que existe hoy, según la evaluación internacional, es un programa nuclear de escala industrial, tecnológicamente sofisticado y distribuido en múltiples emplazamientos.

Así, el balance que dejan las declaraciones del OIEA es demoledor para la versión política que intentó instalar Trump: los ataques no liquidaron el problema nuclear iraní, no aseguraron el control del material más sensible y no ofrecieron una solución definitiva.

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