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Otra imagen

Además de las repercusiones ampliamente documentadas de los recientes eventos violentos tras el operativo que logró el abatimiento de El Mencho, quedó al descubierto otra carencia de nuestra política exterior: la falta de una estrategia nacional de imagen país. Una vez más, México quedó expuesto ante el mundo bajo la narrativa de la ingobernabilidad, la amplia inseguridad, y la violencia desmesurada.

Las escenas que dieron la vuelta al mundo mostraban un país consumido por la violencia, casi al borde del colapso. Y si bien los eventos del pasado 22 de febrero fueron de auténtico escándalo, la cobertura mediática internacional hace parecer que esto es algo cotidiano. Y eso no es su culpa.

La inseguridad es una de las primeras cosas que viene a la mente de un extranjero cuando piensa en México. Sin embargo, reducir al país a sus episodios de violencia es una simplificación que, en parte, nosotros mismos hemos permitido. No hemos sido proactivos en construir y proyectar una narrativa distinta, fundamentada y consistente. Como es natural, a falta de un relato propio, otros lo escriben por nosotros.

México posee un arsenal cultural envidiable: una gastronomía reconocida por la UNESCO como patrimonio inmaterial de la humanidad, una tradición artística y arquitectónica de alcance universal, una industria musical que domina mercados en varios continentes, y deportistas que figuran en las élites mundiales.

Cada uno de estos elementos es un posible vehículo de diplomacia pública, capaz de cambiar percepciones y generar conversaciones que los canales oficiales difícilmente lograrían. Pero el problema no es la falta de activos, sino la ausencia de una estrategia que los articule, y sobre todo, los proyecte.

Lo que México necesita es una política exterior que estimule el poder suave y la marca país: una visión que trascienda administraciones, que involucre tanto a instituciones públicas como al sector privado y la sociedad civil, y que sea capaz de posicionar al país desde su riqueza cultural y no desde su tragedia.

No se trata de maquillaje ni de propaganda, sino de proyectar todos los elementos  que nos distinguen como país.

Aunque cambiar la percepción nacional parece una tarea imposible, otros países han recorrido ese camino con éxito. Colombia transformó radicalmente su imagen internacional en poco más de dos décadas: pasó de ser sinónimo de narcotráfico a convertirse en referente de biodiversidad, moda y en la música latina. Corea del Sur construyó desde cero la imagen que hoy genera simpatía en cada rincón del planeta.

Incluso ciudades específicas han logrado cambiar las perspectivas. Medellín, que en otro tiempo fue la ciudad más violenta del mundo, se reinventó como modelo de innovación urbana y hoy recibe delegaciones internacionales que van a aprender de su experiencia.

México lo tiene todo: historia, diversidad, talento y una diversidad cultural inimaginable. Pero el hecho de tenerlo no es suficiente si no se sabe administrar, comunicar y proyectar con inteligencia.

La imagen de un país no se construye sola, ni se defiende con declaraciones reactivas cada vez que una crisis acapara los titulares internacionales. Se construye a partir de la estrategia y con la convicción de que la historia de lo que somos merece ser contada. Esa deuda, hoy, sigue pendiente.