...

Información para decidir con libertad

POESÍA: El mito revivido: "Lázaro" de Luis Cardoza y Aragón

Valeria List

Ante la inminente desaparición de Editorial Era, me puse a pensar en su colección de poesía, que hospedó los libros de las poetas Coral Bracho y Elsa Cross —y sus traducciones—, pero también en un libro que quiero rescatar a modo de epitafio. 

Publicado de manera póstuma en 1994, dos años después de la muerte de su autor, Lázaro, de Luis Cardoza y Aragón, es un soliloquio lleno de lamentos emitidos por el resucitado tras haber sido traído de vuelta al mundo luego de morir. La particularidad de este poema largo es que su protagonista se lamenta por haber sido revivido mientras que en el relato original, asentado en el Evangelio de Juan, Lázaro no emite ninguna queja ni, de hecho, ningún tipo de diálogo. Quedó en Cardoza y Aragón imaginar qué es lo que Lázaro sentiría y diría, y lo convirtió en un héroe más romántico que bíblico, más parecido al monstruo del doctor Frankenstein que a Jesucristo.

Cardoza, de hecho, no se basa con fidelidad en la Biblia. En el tercer verso, el protagonista afirma que “El Hombre” —Jesús— dijo “Lázaro, levántate y anda”, un diálogo que no se encuentra en el pasaje original de la Resurrección, sino en otro sobre un hombre paralítico. En el Evangelio de Juan, la orden de Jesús es “Lázaro, ven fuera” (11:43). La tradición ha trasladado el “levántate y anda” a la historia del renacido gracias a un poema sobre un arpa de Gustavo Adolfo Bécquer, donde la voz poética anhela que el arpa empolvada sea usada de nuevo “y una voz, como Lázaro, espera/ que le diga: ¡Levántate y anda!”. Con intención o sin ella, este gesto muestra que estamos ante una reescritura. Lo que Cardoza hace al mencionar esta frase imperativa que no pertenece al texto original es adherirse a una tradición apócrifa que se toma la libertad de modificar el original de los textos para transformarlos: la literaria.

Es así que, más adelante, Lázaro se equipara a sí mismo con Segismundo dos veces. Esta comparación es elocuente para el Lázaro que vemos en este libro: uno lleno de dudas existenciales, retórico, melancólico y confundido. Algo ocurre cuando Lázaro es revivido y Segismundo llevado al palacio de su padre para revelarle que es el príncipe de Polonia, y luego vuelto a encerrar: surge la duda, la confusión. Segismundo y Lázaro son abruptamente cambiados del estado en apariencia perenne en el que estaban (el encierro, la muerte) y en ese tránsito pierden cualquier certeza sobre lo verdadero. Pero mientras que Segismundo acepta la vigilia como un sueño, el Lázaro de Cardoza no puede hacer las paces con su nuevo estado y termina optando por quitarse la vida.

Esta confusión está en el corazón mismo del relato original de la resurrección de Lázaro. Antes de despertarlo, Jesús dice a sus discípulos que el hombre está dormido, por lo que ellos entienden que, en efecto, lo está, así que Jesús tiene que explicarles que se refiere a que ha muerto. Luego, más adelante, hay otra confusión: Jesús advierte a Marta —hermana de Lázaro— que su hermano resucitará, a lo que ella le da la razón: “Ya sé que resucitará en la Resurrección, el último día”, sin entender que el predicador habla literalmente. 

En estos tropiezos es perceptible la incertidumbre de la lengua para comunicar la barrera entre la vida y la muerte. Esto implica una confusión también paradigmática. Se está vivo o se está muerto pero, cuando se plantea la posibilidad de que haya un entre-estado, todo se desvirtúa. En cuanto las dos dimensiones se ponen en duda, se desestabiliza lo que conforma una identidad. Hasta el último momento, cuando luego de ser vuelto a encerrar, es sacado una vez más de su celda, mientras lucha en la batalla contra su padre, Segismundo no está seguro de estar despierto. En el último diálogo, que profiere él y que cierra La vida es sueño, el hombre admite: “estoy temiendo en mis ansias/ que he de despertar/ y hallarme otra vez en mi cerrada/ prisión”. Para librarse de este estado insoportable, en cambio, en el Lázaro de Cardoza y Aragón el protagonista se quita la vida: “Y sin saber qué es resucitar/ Se echó a reír y a llorar/ Y se hundió en los mares del mar”. En esta combinación de endecasílabos y eneasílabos oxítonos también es perceptible la impronta del barroco español: en los últimos dos versos suena el eco rítmico y nostálgico del gongorino “dejadme llorar/orillas del mar”. 

En Lázaro hay  algunas pocas metáforas —“Antropófaga perra siempre en celo”, le llama a la muerte— e imágenes —“Mi cuerpo se recubre de soles de bolsillo/ En el alba natal de mi laúd” o el juguetón “Feliz como un cienpiés con alas en los pies”—, pero su retórica se vale, sobre todo, de aforismos: “Cada día que pasa vas naciendo/ Un poco más hacia la nada”, “No es la nada una injuria que desgarre mi ánimo”, “Ah qué linda la vida por efímera”, “de qué sirve la Palabra/ si no es catarata de abismos” o “Ni vivo ni muerto, desenraizado”. Este recurso, tan frecuente en la poesía árabe, hace pensar en la sabiduría, en el conocimiento que se ha meditado y que sale, ya digerido, en forma de verso; pero también, paradójicamente, en la personalidad: en asumirse como sujeto enunciante de una verdad, de un modo de decir cómo es el mundo. 

Esta enunciación hace pensar en lo que a estas alturas de la crítica literaria es obvio: Lázaro es, también, Cardoza y Aragón. En un momento el personaje se lamenta por su exilio —de la muerte, por supuesto—; en él se puede leer también que el propio Cardoza vivió, luego del derrocamiento de Jacobo Árbenz orquestado por el Gobierno de Estados Unidos, con el patrocinio de la United Fruit Company. El libro, además, fue escrito dos años después de la muerte de su esposa, la también escritora Lya Kostakowsky, quien, de hecho, aparece mencionada con su nombre de pila ya por el final del libro, cuando se ha vuelto evidente que las voces de Lázaro y del poeta dialogan o se están uniendo. La crítica coincide en que éste es un libro de duelo, pero ciertamente es curioso que el guatemalteco haya elegido hacerlo desde el personaje de un hombre que pierde su propia muerte y no a un ser amado. Es como si el dolor fuera una experiencia universal y abstracta, que no necesita anclarse en una narrativa fija o coherente para emitirse.

Esta universalidad me hace pensar en otro libro más reciente de la tradición hispánica que también retoma la figura de Lázaro, El reino de lo no lineal, de Elisa Díaz Castelo, donde se cuentan distintas historias de sujetos que estuvieron a punto de morir por un ahogamiento, una infección, una caída, un atropellamiento, etc. La poeta da voz en primera persona a cada uno de ellos, así como lo hizo Cardoza con su Lázaro. La transformación del mito en otras personas, la reencarnación de cada uno contada años después por una poeta actual, y en escenarios y con un lenguaje contemporáneos, habla también de la universalidad del mito, cómo la palabra puede pasar de una persona a otra, convirtiéndola en protagonista de un mito que no era el suyo. 

Quizá el mito no sea más que una excusa del poeta para emitir un largo lamento. Además de Calderón, en Lázaro interviene también la voz de Rubén Darío, de quien se rescata el verso que cierra “Lo fatal”, el último poema de Cantos de vida y esperanza, “Y no saber adónde vamos ni de dónde venimos”. El lamento es el mismo en Segismundo, Lázaro y en esta pieza: la desdicha de estar vivo sin saber qué significa estarlo. El mito se repite sin que haya una respuesta clara, y cada poeta lo busca con su propia escritura. En los Lázaros de Díaz Castelo tampoco existe una respuesta, pero sí la búsqueda de sentido que está en Cardoza, en un resucitado que quiere morir. La única resurrección posible está en el texto mismo, en volver a ellos, en rescatarlos de la pérdida y el olvido: ansío ver qué editorial rescata éste y los otros poemarios icónicos de Era, quién los resucitará.

*Valeria List. Su primer libro, La vida abierta, ganó el Premio de Poesía Joven de la UNAM. Escribió también Calgary (Sombrario, 2021) y Dos veces esto (Malabar, 2024). Compiló el Material de Lectura de María Enriqueta Camarillo para Vindictas: Poetas Latinoamericanas (UNAM, 2020). Ha sido becaria del FONCA Jóvenes Creadores en Poesía y de la T.S. Eliot Summer School. Realiza el doctorado en Literatura Latinoamericana en la UNAM.

Recomendar Nota

Facebook
X / Twitter
WhatsApp