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POESÍA: Un poema de Orlando Mondragón

Orlando Mondragón


Cuarto con luz fría

Quiero volver a mis ojos,
a ti, a la mirada de antes.
Volver al que fui contigo,
al que miraba limpiamente
sin anteojos de dudas.
Atrasar el reloj. Adelantarlo,
de nada sirve.
Sigo atrapado en este presente.

Mi mesa sola ante la ventana
me ha devorado las ideas.
Recuesto mi cabeza en su frío,
mi cabeza cansada de caer
en las barrancas del pensamiento, 
de rotar magnética sobre sí misma
sin llegar a ningún lado. 

La noche levanta la sombra
de su tremenda espalda de gigante.
Y al voltear a la ventana
no sé reconocerme en mis ojos
ni sé quién mira
ni si son ojos o astros los que despiertan
en su alto techo negro.

Me siento a beber frío en mi vaso.
Una estrella se precipita
es inútil desear. 
Querer.
Inútil buscar en mí quien ya no soy,
en quién me he convertido.
La espina que al defender el tallo
terminó por secarlo.
El rey que quiso el tacto de oro
y se murió de hambre. 
Yo que tantas veces me quedé sin nada
ahora soy el que deja.
Quien desata los nudos.
El que desiste.

No quiero las cadenas,
el hacha, la careta del verdugo.
No quiero interpretar este papel
en el teatro vacío de mi mesa
pero no tengo otro.
Las palabras que aprendí
para amar, para agradecer, 
para pedir perdón,
ya no sé cómo usarlas.
No sé cómo nombrar el amor
sin mencionar la culpa. 

La noche rodea mi cocina
quiere entrar y habitarme.
Siento el mundo en esta noche
en la que otra vez estoy solo. 
La respiración de quien duerme
al otro lado del muro,
el sueño que se eleva 
y se topa con mi piso,
la pared que somos siempre para el otro. 

Mi encendedor, mi pulgar de incendio,
mi gota de fuego
pronto se hartará de mis cigarros
y no sé cómo volver 
a mis ojos, a la mirada de ti.
Cómo apagarlos sin apagarme.
Cómo cortar los cables de mi corriente
y reinstalarme en mis pupilas.

Regrésenme al de entonces.
Devuélvanme 
al que tenía cada silla de su mesa
ocupada por el amor,
al que oía las risas de la cena
por encima del hombro.
No quiero estas manos llenas de cubiertos
que no logran asir las migas del mantel, 
los restos del banquete al que otra vez llegué tarde. 
Mi plato vacío.
Mi mesa, mis cucharas, mis sillas vacías.
Estoy lleno de espacios en blanco.

Busco en mí, mis ojos de antes, 
mi corazón de antes
y no lo encuentro.
Devuélvanme. Regrésenme.
Estoy estirando las manos,
palpando las paredes 
de mi cerrada oscuridad,
esta oscuridad de lo que acaba.

Doy vueltas sin encontrarme,
orbito en torno a un sol que ya no quema.
¿Dónde está? ¿Dónde me he perdido?
La noche no termina de envolverme.
Y sigo girando.

*Este poema ha aparecido previamente en la revista Sibila.

*Orlando Mondragón. Es médico y poeta. Ha sido becario de la Fundación para las Letras Mexicanas. Autor de Epicedio al padre, Paisaje nevado con patinadores y trampa para pájaros y Cuadernos de patología humana, con el cual ganó el Premio Internacional Fundación Loewe de Poesía.

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