Hace un buen número de años, don Jesús Reyes Heroles, entonces secretario de Educación Pública, recibió para conversar a Pablo Latapí, el santón de la investigación especializada en los 80, algo que hacía regularmente con diversos académicos. Al terminar la charla, don Jesús me llamó para alguna otra cosa, pero de pasada me susurró: “La ingenuidad de Pablo es que pertenece a los que creen que 'problema estudiado, problema resuelto'”.
Recordé el episodio al ver ahora miles de reacciones ante los resultados de PISA, muchas de ellas interesantes, con delicada redacción y buenas intenciones, y otras plagadas de “echarle ganas”, beatificación estudiantil y lugares comunes. Ha sido, como lo anticipé aquí mismo, una temporada fogosa, abundante en justificaciones, fobias y culpas; en venas cortadas y vestiduras rasgadas; en disquisiciones metodológicas y notas técnicas, y poco más.
Ahora bien, es tal la gravedad del fracaso educativo mexicano que sensatamente debiera ser una oportunidad para pensar cómo aprovechar los hallazgos de la evidencia y los datos en la ejecución de la política pública; cómo guiar a no pocos investigadores a captar que el mundo ideal y el de la realidad pura y dura son muy distintos; cómo tender conexiones eficientes para ensamblar policy y politics; cómo hacer que esos mundos aprendan uno de otro. En suma, apunta bien Jaime Saavedra en Estamos tarde (2023), asumir que los factores cruciales para que una reforma tenga impacto positivo son un “buen diseño técnico, capacidad de implementación y alineamiento político”. Todo cuenta.
Parece sencillo, pero con frecuencia da la impresión en la academia de que la endogamia se ha vuelto una patología complicada, donde lo importante son los papers y las citas, donde los incentivos están mal alineados o dependen de procedimientos burocráticos laberínticos y sospechosos, y donde siempre se corre el riesgo de que buenos productos sean políticamente estériles. Esa confusión es letal para todo efecto práctico, es decir, de ejecución de política pública sustantiva y a ratos hace que la información, por consecuencia, se vuelva irrelevante. Puesto de otra manera, una de muchas asignaturas pendientes consiste en articular virtuosamente la lógica académica y la lógica política.
Y esto no es algo exclusivo en países como México. Ayudaría enormemente, como propone el Global Institute for Shaping a Better Future, comprender que “los sistemas que rodean a los niños son sistemas humanos complejos formados por millones de personas —estudiantes, profesores, padres, responsables políticos— y sus motivaciones, valores, creencias, capacidades y relaciones cotidianas. Cambiar estos sistemas depende de desarrollar y movilizar el liderazgo colectivo de las personas que los componen, y en ningún ámbito esto es más importante que en el gobierno, donde los responsables políticos, los políticos y los funcionarios tienen un poder y una influencia significativos para dar forma a los sistemas que atienden a los niños”.
El desafío, en conclusión, es superar este desastre e, insisto, empieza por echar a los actuales responsables y reemplazarlos por gente muy competente, por más inteligencia colectiva, por extraordinaria capacidad de ejecución, por mejores políticas y por una ciudadanía de alta intensidad. En otras palabras, primero los votos y luego los foros, los papers, los rollos y todo lo demás. No hay de otra.
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