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Quince minutos

Uno traía el traje militar perfectamente planchado, las estrellas y las condecoraciones le brillaban en el pecho y pelo blanco y relamido. El otro portaba un abrigo negro, tenía el pelo obscuro y un el rulo rebelde le bailaba en la frente.

Ya en la foto oficial ambos llevaban un traje sencillo. El mexicano con corbata de moño blanca y la banda presidencial, mientras que el estadounidense posó con un chaleco y una cadena sencilla que le colgaba en el pecho.

El 16 de octubre de 1909 se dio el primer encuentro en la historia entre dos presidentes vecinos. Por la mañana, el general Porfirio Díaz cruzó a El Paso, Texas, para reunirse con su homólogo estadounidense, William H. Taft, en la Cámara de Comercio.

Por la tarde, Taft devolvió la cortesía cruzando a Ciudad Juárez para reunirse en la Aduana Fronteriza y participar en la inauguración del puente internacional que uniría a las dos ciudades.

Se dice que ambos presidentes se reunieron en privado durante 15 minutos, tiempo que podría parecer corto pero es un mundo para quien lo sabe aprovechar bien.

Ni Díaz hablaba inglés ni Taft español, por lo que Enrique C. Creel, que en ese momento estaba a punto de terminar su mandato como gobernador de Chihuahua, fue el único funcionario que participó directamente como traductor en las conversaciones.

Su dominio de otros idiomas y su presumible buena actuación en el encuentro llevarían a Creel a ser el último canciller del porfiriato.

A falta de una versión oficial creíble, es imposible saber qué se dijeron en el encuentro ambos mandatarios.

Por ahora,nos tenemos que conformar con los relatos y archivos que han sobrevivido 117 años desde que se dio el encuentro para llegar a nuestra época.

Aquí es donde las versiones contrastan. Hay quien escribe que, consciente del riesgo que representaría ponerle fin a la larga estabilidad política que había logrado el presidente mexicano, Taft respaldó de forma inequívoca a Díaz.

El estadounidense estaba preocupado por proteger las inversiones que habían llegado desde su país, de eso no hay duda.

Lo que es válido cuestionar es si de verdad existió esa muestra de apoyo que no habría durado mucho el favor al mandatario mexicano que se vio obligado a dejar el poder prácticamente año y medio después de haberle estrechado la mano al estadounidense.

Hay otra versión que se aleja más del discurso oficial que ha convertido a Díaz en el villano favorito de todo aquel que se siente revolucionario social.

Esto no las convierte en verdad de forma automática, pero sí pinta a un presidente mexicano que tenía claro que a Estados Unidos había que decirle que no de vez en cuando.

Quienes relatan esta historia dicen que Taft llegó al lugar con una larga y peligrosa lista de peticiones, todas rechazadas por Díaz. La primera de ella, según cuentan, fue la de arrendar la Bahía de Santa Magdalena, en Baja California Sur, para instalar una base militar estadounidense.

El presidente Taft también le habría exigido al mexicano detener la construcción del canal seco en el Istmo de Tehuantepec, la vía férrea entre Coatzacoalcos y Salina Cruz para no competir con el Canal de Panamá.

El estadounidense también le habría pedido otorgar concesiones petroleras a empresas de Rockefeller en lugar del británico Weetman Pearson, así como suspender el asilo político al expresidente nicaragüense José Santos Zelaya. 

En ese bando que repite que el general se habría plantado una última vez ante las fuerzas extranjeras, insisten que al terminar la reunión Díaz tomó a su hijo del brazo y resumió 15 minutos en dos palabras. “Todo terminó”.

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